La Guerra Patriótica Nacional

Publicado: 2010/11/04 en Uncategorized

OBS !! Esta informacion proviene de un extenso trabajo de Roberto Ampuero “LOS AÑOS VERDE OLIVO” Ampuero conocido por su traicion a nuestros hermanos Cubanos ,Traicion a nuestro pueblo trabajando con el enemigo (La Oficina ,Ani,Marcelo Schilling,Oscar Carpenter y muchos otros mas) Ampuero, La Oficina y Otros han entregado valiosa informacion del “FPMR” a los aparatos de inteligencia chilena, Pese a su contenido nos parece importante el contenido historico, No olvidar que este trabajo proviene del enemigo !! Para una mayor credibilidad de lo ocurrido en aquellos tiempos leer el libro de Luis Rojas Nuñez.. “De la revelión popular a lasublevacion imaginada”

Comando frentista que atacó el poblado de Los Queñes

El Concepto GPN

Algunos documentos perdidos y apenas conocidos, más uno que otro fugaz rallado callejero apurado e ilegible por la acción del tiempo es lo que queda acerca de la Guerra Patriótica Nacional. En realidad poco se sabe de esta inusual experiencia que vivió el FPMR en 1988. Ese año por primera vez se habló de “guerra” con todo el peso multilateral de su significado y consecuencias. Una concepción de “guerra” como vía única de solución a la existencia de la dictadura.

Pero el origen de la GPN se remonta a finales de 1984, cuando el FPMR diseñó el plan estratégico de Sublevación Nacional, que pretendía lograr un levantamiento o sublevación de masas que involucrara a toda la población. La culminación de este proceso debería ser el copamiento por las masas de los principales centros políticos del país.

Al finalizar 1987 y en los meses del verano de 1988 la DN realizo un profundo proceso de búsqueda y discusión para poder construir y desarrollar “el instrumento político militar de la revolución”. Proceso que culminaría en abril de 1988 en una trascendente reunión que llevó el nombre de “José Valenzuela Levi”.

A diferencia del plan de Sublevación Nacional ideado en 1984 la guerra debía darse en todo el país, haciendo clara referencia a las unidades guerrilleras rurales y a la construcción de un ejército popular imposible de lograr en la ciudad. Era parte crucial del éxito de la estrategia la participación de “todos los patriotas”.

“La Dirección Nacional -según el documento de esta reunión- está plenamente convencida de la “prolongación de la dictadura” independiente a los resultados del plebiscito convocado para octubre de 1988. Se tiene el firme convencimiento de que la dictadura buscaría cualquier fórmula para perpetuarse en el poder”.

Para el FPMR-A la Guerra Patriótica Nacional era un proceso global e integral de lucha, que combinaba lo militar, lo político y la movilización social, siendo el accionar militar el factor principal para ganar la guerra.

Como es por todos sabido en el citado plebiscito ganó la opción por el NO. Los resultados de la votación rechazando a Pinochet desconcertaron a la Dirección Nacional del FPMR- A. En los territorios urbanos las planificadas tomas de las poblaciones se transformarían en felices marchas de milicianos junto a pobladores que jubilosos saludaban el triunfo del No. No obstante este radical cambio de la situación la Dirección Nacional del Frente mantiene la decisión de irrumpir con las acciones rurales cambiando en corto tiempo los objetivos iniciales de impedir la continuidad de la dictadura.

En ese minuto ya se tenía previsto “irrumpir” con las acciones simultáneas para presentar a la guerra como un camino irreversible a partir del convencimiento de la continuidad del dictador en el poder. La decisión es “atravesarse en el camino de perpetuación del régimen”.

La misión consistía en la toma y control de cuatro poblados rurales y en dos territorios urbanos. “Neutralizar al enemigo, destrucción de sus instalaciones, recuperación de medios y realizar propaganda y agitación en la población”.

Desastre en Los Queñes

En octubre de 1988 la Guerra Patriótica Nacional tuvo su expresión militar concreta en cuatro operaciones simultáneas en diferentes puntos rurales del país. El 21 de ese mes se produjo la ocupación de los poblados de Aguas Grandes en el norte, de La Mora en la V Región, y de Los Queñes y Pichipellahuén en el sur. En dos poblados no hubo resistencia alguna. En los otros dos la misión se cumplió con enfrentamientos, pero sin costos inmediatos para los combatientes del Frente.

En el caso del asalto al poblado de Los Queñes fue la propia Cecilia Magni, la “comandante Tamara” quien se había encargado de determinar el escenario, los integrantes que participarían, además de conseguir apoyo logístico de cobertura para el posterior repliegue. Para ello había comisionado a Juan Ordenes Narváez, “Daniel”, quien le proporcionó planos e informes de la zona. Mas tarde “Tamara” se reunió con un joven sanfernandino que proveería de una parcela en el sector de “La Rufina” donde los frentistas se refugiarían tras el ataque. Se trataba de Claudio Araya Fuentes, quien pese a que no militaba en el FPMR, era un entusiasta ayudista de la organización.

Los dieciséis combatientes escogidos, liderados por Raúl Pellegrín, el “comandante José Miguel” y la “comandante Tamara” se reunieron el día 19 de octubre, en el sector de “La Gruta”. Tras caminar alrededor de una hora y media llegaron al lugar elegido para levantar el campamento. Estaban solo a dos kilómetros de Los Queñes.

Los siguientes fueron días de intensa preparación, donde se ocuparon de hacer mantención al armamento que portaban y de fabricar una gran cantidad de armas caseras. Para velar por la seguridad del grupo “José Miguel” determinó que se minaran los alrededores del campamento, previniendo así la posibilidad de ser descubiertos por sorpresa.

Incluso el día 20 la comandante “Tamara”, simulando ser una simple excursionista, había visitado Los Queñes llegando a ser atendida en la posta del lugar aduciendo malestares alérgicos. Todo esto con el fin de conocer en terreno el lugar donde actuarían el día siguiente.

Otra fotografía tomada por los frentistas antes del ataque

Al anochecer del 21 de octubre los frentistas se dividieron en cuatro grupos, cada uno con misiones específicas. El primero debía tomar por asalto el retén de Carabineros y confiscar el armamento, el segundo debía apropiarse del radiotrasmisor que había en la posta. El tercero debía llegar hasta el radio de la hostería y cortar la única línea telefónica del poblado. En tanto el último grupo se apostaría en la ruta de acceso para impedir una posible llegada de refuerzos desde Curicó.

La operación se desarrolló tal como los frentistas lo habían planificado, hasta que el cabo Juvenal Vargas intentó oponer resistencia a la toma del retén. Esta actitud, sumada a un certero disparo de uno de los frentistas, terminaron por costarle la vida.

Luego de incendiar el retén, los atacantes procedieron a rayar los muros con consignas del FPMR, y emitieron proclamas revolucionarias por medio de un megáfono.

La huida se realizo según lo planificado. El contingente se dividió en tres grupos para dificultar los seguimientos de la policía. “José Miguel” y “Tamara” encabezaron uno de los grupos con rumbo a La Rufina.

Tras un par de días de descanso, el panorama comenzó a complicarse cuando los frentistas fueron detectados por carabineros que peinaban la zona, lo que provocó la huida del grupo hacia los sectores que bordean el río Tinguiririca.

El 25 de octubre, la policía pudo dar su primera señal de triunfo exhibiendo a la opinión publica a seis integrantes del comando que había actuado en el ataque, quienes fueron identificados como Carlos Ríos Bassi, Richard Ledezma Plaza, Miguel Angel Colina, Manuel Araneda González, José Luis Donoso Cáceres y José Ugarte González, los cuales habían sido capturados el día anterior.

Pero el golpe devastador se produjo tres días más tarde, cuando los cuerpos sin vida de Raúl Pellegrín Friedmann, el “comandante José Miguel” y Cecilia Magni Camino, la “comandante Tamara”, fueron encontrados flotando en el río Tinguiririca.

Según las versiones policiales los lideres frentistas habrían perecido ahogados tras tratar de cruzar el río a nado, siendo arrastrados por la corriente. Distintas son las conclusiones a la que llegaron organismos de derechos humanos que intervinieron en el caso, para quienes “José Miguel” y “Tamara” fueron detenidos el día 27, para luego ser salvajemente torturados y arrojados, en estado agónico a las aguas del Tinguiririca.

La muerte de ambos comandantes provocó al interior del FPMR una fuerte autocrítica, además de desmoralizar los ánimos de la gran mayoría de los militantes, pues el “comandante José Miguel”, aparte de ser el líder indiscutido, había sido el principal impulsor de la Guerra Patriótica Nacional.

Solo cuatro años más tarde, en agosto de 1992, el FPMR intentando superar un estado de crisis casi terminal señaló al respecto: “Los hechos hoy nos evidencian que a pesar de partir de un diagnostico acertado de continuidad del sistema, llegamos a conclusiones erróneas, pues nos negábamos aceptar de que de una u otra forma esto iba a repercutir y alterar la situación política y social de Chile. Es más, en el fondo hicimos política como si nada hubiera cambiado, ello nos llevó a ver una realidad que no era. Los resultados de estas acciones hablan por si solos, pagamos un alto costo en lo humano, político y militar”.

Juicio y Muerte a un Comandante

Caminar de noche y dormir de día. Hasta esa tercera jornada la marcha estaba resultando exitosa. El comando del FPMR que había atacado el reten policial de Los Queñes, en la séptima región, lograba eludir el intenso cerco policial que se tendió en la zona a las pocas horas de ocurrido el hecho. A pesar de que otros tres poblados rurales habían sido tomados por comandos del FPMR aquella noche del 21 de octubre de 1988, el de Los Queñes fue distinto. Tuvo más atención, más sensacionalismo, más sangre y fuego. Al intentar resistir la acción un carabinero fue muerto de bala y el cuartel terminó convertido en cenizas.

Los Queñes fue parecido a una revolución express y en ella tomó parte activa el “comandante José Miguel”, líder máximo del FPMR, además de los comandantes Tamara y Aureliano. Tamara era pareja de José Miguel y una de las mujeres mas estimadas de la organización. Aureliano, en tanto, era un antiguo jefe a quien apodaban Bigote.

Caminar de noche y dormir de día. La marcha de ese día lunes había resultado particularmente agotadora. El ruido de perros ladrando a lo lejos y helicópteros sobrevolando a baja altura habían cesado por la persistente lluvia que comenzó a caer en la zona. Juan Ordenes, conocido como “Daniel” -uno de los combatientes que dos años atrás había participado como fusilero en el atentado a Augusto Pinochet- andaba con un sombrero de ala ancha empapado, lo que le daba un notable parecido a Sandino, el líder revolucionario nicaragüense. Eso al menos le pareció a él, que tuvo ánimos para bromear con el tema. Al rato le pidió prestada una libreta a Bigote y anotó; “En La cordillera, con manta y chupalla, empezamos la revolución”.

Era el comienzo de una nueva estrategia de lucha que perseguía, por medio de una ofensiva del pueblo alzado en las ciudades y campos, ya no la derrota de la dictadura, sino la toma del poder. Eso, en muy resumidas cuentas era la Guerra Patriótica Nacional.

Ese lunes durmieron a sobresaltos turnándose para la guardia. La lluvia no amainaba. En la noche cuando llegó la hora de levantar el campamento, los tres comandantes se reunieron a parlamentar en privado.

No hay modo de saber con certeza lo que conversaron en esa reunión, celebrada en el sector de Sierra Bellavista, en el límite sur de la sexta región. Dos murieron y un tercero está desaparecido. Lo que es claro es que a partir de ese momento el grupo de once combatientes decidió separarse en dos.

Uno, a cargo de Bigote, partió hacia el norponiente, camino al fundo Las Peñas. El otro a la cabeza de José Miguel y Tamara enfiló hacia el nororiente, bordeando Río Claro, hacia el sector de La Rufina. Entonces la lluvia cesó y los perros y los helicópteros volvieron a rondar. Pasaron cinco días y los cuerpos de José Miguel y Tamara aparecieron flotando en las aguas del Río Tinguiririca.

Sobre la suerte de Bigote, en cambio, no existe información pública. Lo que está comprobado es que los cinco combatientes que tenía a su cargo fueron detenidos por Carabineros y exhibidos a la prensa. Bigote apareció a los pocos días en Santiago y contó que había logrado eludir el cerco policial de forma milagrosa.

A su favor juega el hecho de que no fue el único que hizo lo propio. También Daniel y otros dos integrantes de ese grupo de once consiguieron salir de la zona. El hecho es que Bigote fue el único de su grupo que libró de la policía, y eso, sumado a otros antecedentes que se irían sumando en el transcurso de los meses sería motivo para una investigación por la responsabilidad que le cupo en las muertes de José Miguel y Tamara. Las sospechas apuntaban a que Bigote había entregado a los dos principales comandantes.

Luis Arriagada Toro, el “comandante Aureliano” o “Bigote”

El hombre no era un recién llegado. Luis Eduardo Arriagada Toro, el verdadero nombre de Bigote o el “comandante Aureliano”, había nacido en San Felipe en 1950 y fue uno de los primeros en tomar las armas contra la dictadura a mediados de los años setenta, cuando se trasladó a Valparaíso.

Bigote debía su apodo a un espeso bigote que combinaba con un peinado estilo Beatles 62. Tenía arrastre entre las mujeres, dominio de la guitarra y un vozarrón que lucia en peñas y actos benéficos. También tenia fuerza bruta y un arrojo inusual en esos primeros años de dictadura.

Desde esa época Miguel Cepeda, un antiguo dirigente comunista porteño, trató de cerca a Bigote del que recuerda; “a través de las primeras acciones de los grupos de combate, normalmente nos encontrábamos con los muchachos y comentaban que el Bigote había deslumbrado por alguna razón”.

También desde esa época, fines de los setenta, Cepeda comenzó a albergar sospechas sobre Bigote. Hoy dice que los compañeros que andaban con el solían caer detenidos e incluso desaparecer. Mucho después, en el verano de 1989, Cepeda sería llamado a testificar en la investigación que sus antiguos compañeros de armas siguieron contra Bigote en Viña del Mar.

Como Miguel Cepeda, Héctor Figueroa Gómez o “Víctor” para sus compañeros del FPMR, llegó a conocer de cerca a Bigote. Lo recuerda muy seguro de si, bien vestido y siempre armado. Trabajaron muy de cerca especialmente a partir de 1984, cuando este regresó de un viaje de instrucción militar a Cuba y fue designado jefe del FPMR en la quinta región. Y nunca notó alguna actividad sospechosa, ni siquiera un acto de indisciplina. Tenía mucho que decir al respecto pero no pudo testificar oportunamente. Al momento en que Bigote fue juzgado, Víctor se encontraba en prisión acusado de ser uno de los fusileros en el atentado a Augusto Pinochet en septiembre de 1986.

Víctor fue condenado a muerte, después a cadena perpetua y por ultimo a una pena de extrañamiento de 20 años en Bélgica. Mucho antes de viajar a Bruselas, escuchó que Bigote fue juzgado y fusilado por sus propios compañeros de armas. Todos los que entonces permanecían en la cárcel escucharon lo mismo.

Bigote, que hasta 1986 y con el rango de “comandante”, había ostentado la jefatura de la Región Metropolitana asumiría un papel destacado en el secuestro del Coronel Carlos Carreño en septiembre de 1987, y en abril de 1988, de regreso de una temporada en La Habana, fue uno de los autores del atentado en contra del fiscal Fernando Torres Silva.

Hoy, su hermana Ada Arraigada muy pocas veces se refiere a Bigote en tiempo presente. No se explica como su hermano pudo haber infiltrado a la organización si siempre fue comunista y ni siquiera hizo el servicio militar. Ella además fue testigo y cómplice de sus actividades en el Frente, y hasta donde sabe estuvo involucrado hasta el último día.

Sin tener una opinión concluyente sobre el tema, Víctor tampoco entiende porque un infiltrado esperaría hasta Los Queñes para actuar en contra de la jefatura si antes, siendo un alto jefe como lo fue, tuvo muchísimas oportunidades de descabezar a la organización.

En la actualidad, sobre el papel que le cupo a Bigote en Los Queñes, sobre el momento en que salió del cuartel policial arrastrando a dos carabineros, y con la gorra de uno de ellos ceñida a la cabeza, mientras a sus espaldas el retén comenzaba a arder en llamas, muy pocos se pronuncian. Menos acerca de su supuesta responsabilidad en las muertes de José Miguel y Tamara, que derivó en su condena a muerte y posterior desaparición.

Para la mayoría de sus ex compañeros de armas Bigote es hoy una figura velada, fantasmal, de la que solo se habla en voz baja y tiempo pasado

La Toma de Pichipellahuén

Además de la ocupación de Los Queñes aquel 21 de octubre, el FPMR asesto otros golpes en distintos poblados rurales del país. Uno de ellos fue en la localidad de Pichipellahuén, en la novena región. A continuación entregamos el testimonio del frentista que comando aquella operación.

Después de la separación del Partido Comunista en 1987, la Dirección Nacional del Frente Patriótico Manuel Rodriguez decidió que varios de nosotros nos insertáramos en los territorios rurales del país. No recuerdo con certeza la fecha, pero sí me acuerdo de las palabras de Raúl Pellegrín, José Miguel: “…hay una zona de muchas tradiciones combativas en Curanilahue, Tirúa, Lumaco, Traiguen, Nueva Imperial, Temuco para la costa … Debes instalarte y a la vuelta de unos meses, te contactaremos. Tu tarea es a largo plazo. Aquí tienes plata para el bus, unos pesitos más, por si nos perdemos, y a la vuelta de esos meses, debes tener donde recibir compañeros. Debes ser un paisano más en esos lugares. Mándanos un lugar de contacto”. Alguien dijo que no fuera en ciudades. “En un monte”, dije yo, “correcto”, dijo José Miguel, y agregó “Con comida y cafecito para no pasar frío. Ahora sigamos la reunión”.

Mientras me esclarecía la misión, yo miraba el mapa con los pueblos que había nombrado, y contaba los pesos. “¿Alguna cosita más?”, le pregunté como si todo eso fuera poco. “Sí. Ten charqui. Cómpralo en el Salto del Laja. Es súper bueno”. Luego, mas serio agrego “Tranquilo, veremos si te damos un contacto de llegada y hermanos que se te unan. Lo demás es pega tuya”.

Todo esto sin el apoyo del Partido Comunista sería difícil. Había que construirlo todo, es decir, buscar un lugar donde alojar, inventar la justificación de la presencia de uno en el lugar, tratar de parecer una persona normal, no llamar la atención, buscar un medio de subsistencia, conseguir amigos, etc. Eso y un montón de cosas más significaban para los rodriguistas la orden: “Instalarse en un territorio”.
La estrategia política del Frente buscaba tener presencia combativa en todos los territorios del país, y para ello se requería que los cuadros se insertaran socialmente para desde ahí generar el accionar político-militar. Evaluamos que el accionar urbano estaba limitado en cuanto a poder contar con fuerzas organizadas y de mayor movilidad. Todo esto se enmarcaba dentro de la estrategia de Sublevación Nacional, que considerábamos que el Partido había desechado.

Compré el pasaje en un bus, con todas las precauciones que significaba para una persona que viajaba sin equipaje. Llegué al sur y salí del terminal de buses como un lugareño cualquiera, o trataba de que así se viera. Sólo viajaba con una molestia en la cintura, y un fierro de buena calidad. En el Frente había órdenes que cumplir: “No permitir que lo arrestaran”. Hubo compañeros que la cumplieron con sus propias vidas. Después, si uno caía preso, había otra orden: “No hablar”. Hay muchos que fueron ejemplos a seguir en medio de tantas torturas, y luego su principal misión era escapar. Varios compañeros encontraron la muerte en ese intento.

Por lo general los viajes eran normales y los míos siempre lo fueron. Llegué a Los Ángeles, límite de “mi territorio” por el este y de ahí emprendería viaje hacia la costa para adentrarme en la zona. Sería largo contar cada micro que tomé y por los pueblos que pasé, pero finalmente llegué a Arauco y ese sería mi centro de operaciones. Yo tenía experiencia guerrillera, y llevaba un par de años clandestino. No era conocido y tenía mucha motivación.

Fijada la fecha del plebiscito para el 5 de octubre de 1988, el FPMR ordena a sus cuadros activar los planes de operaciones. A mediados de 1988, soy convocado a Santiago e informo de la situación política de mi territorio. Llevaba meses desde mi llegada a la zona sur, y ya era lugareño. Nos habíamos ido organizando; armamos una jefatura, fuimos marcando sectores y muchos lugares quedaron preparados para recibir compañeros, sobre todo en la Cordillera de Nahuelbuta.

Al terminar mi informe, se me ordena preparar la toma de un poblado en la zona mapuche. Esa acción estaba enmarcada en nuestra estrategia político-militar de Guerra Patriótica Nacional (GPN), que iría acompañada de otras acciones en el territorio nacional. El plebiscito podría sacar a Pinochet del poder, pero legitimaría la institucionalidad instalada a sangre y fuego por los militares y las fuerzas políticas derechistas. En otras palabras, el poder económico y militar sería asegurado por la derecha.

La salida negociada se estaba preparando desde antes del 5 de octubre, y como el propio juntista Matthei confirmó después, el plan de Pinochet era desconocer los resultados del plebiscito e imponer el estadio de sitio, recrudeciendo nuevamente la represión. En ese contexto, que ya intuíamos, nuestra intención era actuar si se desconocían los resultados.

Al regresar a la zona, activamos los reconocimientos y llegamos a la conclusión de que el pueblo que podíamos tomar con las fuerzas posibles de movilizar sería Pichipellahuén, cerca de Capitán Pastene, en la novena región. Informo de esa propuesta, y después de muchas discusiones es aceptada. Se me pide esperar hasta que se decida quiénes participarían en la misión. Yo tenía esperanzas de participar debido a mi conocimiento del territorio, pero debía esperar.

No sé cuanto tiempo pasó, pero un día llegó un mensaje: la Dirección Nacional del FPMR había decidido la fecha de la acción y se me había designado jefe. Yo estaba confiado de que podía estar en las filas de los combatientes, pero me impactó saber que sería el responsable de toda la acción: entrar, tomar el pueblo, retirar las fuerzas, volver a la normalidad sin ningún tipo de bajas. Encarecidamente se me pide que no debíamos tener bajas; la misión en concreto era tomar control del pueblo, y esto implicaba copar, neutralizar las fuerzas represivas, propagandizar nuestras ideas y retirarnos.

Un compañero mensajero me entrega un contacto para recoger los medios que utilizaríamos. Ya teníamos la zona preparada para recibirlos, y decidí, como era la tónica de los jefes rodriguitas recogerlos personalmente, que el resto de los hermanos debían seguir haciendo lo que estaban haciendo. No era el momento de informar los detalles de los planes futuros.

Recuerdo claramente como si fuera hoy, cuando inicié la caminata por una calle de Nacimiento, con la señal convenida. El contacto para recibir los medios, el que venía con la señal de normalidad en sentido contrario, era José Miguel. “¿No te parece, jefe, que tú no debías venir a buscar estos regalos?” me preguntó. “¿Y cómo estamos por casa?”, le respondí. Nos dimos un gran abrazo, y como era su costumbre, me preguntó cómo estaba, cómo me sentía, y nos fuimos por ahí a almorzar. No sabía que sería la última vez que lo vería. Terminado el almuerzo, decidí partir y me dijo: “¿Crees que te voy a dejar botado aquí con todas esas cosas?” . Yo me trasladaba en buses, pero esta vez él me llevó y me dejó cerca de mi territorio.

Seguimos hablando de distintos temas, como de Moisés Marilao, oficial mapuche internacionalista muerto en un enfrentamiento en Temuco. Yo consideraba que ocupaba el lugar que le correspondía a él. Ante esa opinión, José Miguel me dijo algo como: “Cuando vamos a un combate, debemos ir con la fuerza de todos, los presentes y los ausentes”.

Al despedirse, me dijo que después de terminada la tarea, nos comeríamos un pollo al coñac. Estábamos todos invitados por el querido “Huevo”, Roberto Nordenflycht.
Siempre he pensado, ¿por qué diablos no le pregunté si él iría a alguna de las acciones programadas? Fue algo tácito entre todos los hermanos que no era necesario que él y otro jefe se expusieran. Me queda claro hoy que las decisiones importantes en la vida de una organización, no la deben tomar sólo una o dos personas.

El 4 de octubre los rodriguistas estuvimos acuartelados en ciudades y montañas, a horas de nuestros objetivos. Pensábamos que se concretaría el fraude, pero esto no sucedió. Escuchamos el triunfo del “No” en una zona montañosa mapuche, con las fuerzas listas para actuar. Esta situación, el triunfo del “No”, significaba no operar y debí recontactarme con mis jefes superiores. A la semana estaba reunido con ellos, y se pidió mi opinión. Yo dije sin titubear un segundo que se debía operar igual. Lo dije para enfatizar que consideraba que la situación de la represión y el poder de la dictadura no habían cambiado.

“Todos los jefes piensan como tú respecto de actuar”, me dijeron, “pero con respecto a porqué hacerlo, tiene que ver con cosas mucho más profundas de las que tú piensas. No es sólo una cosa de voluntad”. El jefe me quedó mirando. “Mira, hermano, vamos a actuar el 21 de octubre, vamos a demostrar que no aceptaremos que se negocie la salida de la tiranía a espaldas del pueblo. Están vendiendo el futuro de nuestro pueblo, se está negociando todo. Pensamos que el pueblo quiere cambios reales y no una repartija de poder bajo las sombras. Manuel golpeará el 21 de octubre y el éxito de la misión de ustedes es parte de ese puño justiciero”, dijo.

No me atreví a bromear con el asunto del pollo ofrecido por Eduardo. La situación estaba tensa. Volví a mi zona y en un lugar de Purén en la Cordillera de Nahuelbuta, informé a mi jefatura, compuesta por mapuche y afuerinos. Nadie conocía la acción principal, ni menos que sería parte de un golpe mayor de Manuel. Se decidió hacer un apagón diversionista en Temuco, y un jefe partió con esa misión. Otro hermano recogería a un grupo que vendría del norte; también se retiró y el resto partimos a la zona de Capitán Pastene, por diferentes medios.

A la base que pasamos el 4 de octubre llegamos los que participaríamos en la toma del pueblo. El destacamento era principalmente mapuche; eran buenos combatientes. Nuestra base contaba con todo lo necesario para estar varios días: área de dormida, almacén de medios, de cocina, de aseo, de ejercicios, pozos de tiradores y puntos de observación y vigilancia. Según los afuerinos, nuestra base era secreta e impenetrable, y sinceramente lo creíamos.

Días antes del 21 de octubre, planificamos de nuevo la toma del pueblo. Ya no teníamos contacto con el resto del Frente a nivel nacional. Las cartas estaban tiradas y lo único que comentábamos es que no fallaríamos. Para la toma de Pichipellahuén, seríamos 15 combatientes en la fuerza central y 6 en la fuerza de apoyo combativo cercano. Estos últimos regresaron del reconocimiento; su misión era cortar el acceso lejano al pueblo varios kilómetros, y actuarían independientes de la fuerza central. Esto impedía el apoyo al retén y aseguraba nuestra salida de la zona. Otros seis brindarían el apoyo diversionista cerca de Temuco.

La noche anterior a la partida, regresó el hermano encargado de recoger al grupo del norte sin ellos. No llegaron o no se encontraron, nunca se supo. Eso obligó a cambiar los planes: la fuerza central quedó compuesta por sólo 10 combatientes: seis combatientes sin experiencia, cuatro con formación militar. De estos últimos, dos contaban con formación militar regular y dos con formación militar irregular.
Debo aclarar aquí que aunque hubiéramos sido dos o uno, puede ser locura, pero nosotros cumpliríamos nuestra misión, eso no estaba en discusión.

Llegó el momento de la partida, y nunca lo olvidaré. Despedimos a los compañeros de la fuerza de apoyo, eran todos mapuche y me impactó su fuerza. Cumplirían su misión, no cabía duda. Abracé a cada uno de ellos, y creo que de ahí me quedó la costumbre de abrazar a cada hermano siempre que se pueda, como muestra de cariño y de hermandad, algo como “tu suerte es la mía hermano”, expresada en un abrazo.

Llegamos a una explanada y un oficial mapuche me detiene y me dice, “Jefe, mi gente quiere despedirnos”. “¿Qué estás diciendo?”, le pregunté. “Sí, jefe. Desde que nos decidimos a actuar, ellos nos han estado apoyando, y su fuerza va con cada uno de nosotros, incluso ustedes que no son mapuche”, me explicó. Nos miramos los otros tres afuerinos y antes de poder responder estábamos rodeados por una gran cantidad de personas de todas las edades. Formé al grupo. Estábamos armados y nos pusimos frente a ellos. La luna estaba muy clara, se veían los rostros, y con unas ramas de árbol una mujer vestida con adornos mapuche me rodeó, diciendo palabras que no entendía y dándome pequeños golpes con las ramas. Luego, siguió con cada combatiente. Un viejito nos dijo: “No fallen. Mantengan la calma, eso les hará pensar bien. Todos estamos con ustedes, la naturaleza los cuidara”.

Los afuerinos éramos objetos de mucha atención y cariño, y yo no salía de mi asombro. Miré la hora y no sé cuánto tiempo había pasado, pero di la orden: “¡Nos vamos!” Formamos columna en orden de marcha y quedamos solos los diez combatientes. Los mapuches desaparecieron y partimos a cumplir con nuestra misión.

Debíamos caminar toda la noche y lo hicimos. El paso del guía era rápido pero llevable. Cada combatiente vestía uniforme verde olivo, portando fusil, alimento personal y buenas botas de goma. Llegamos al amanecer del 20 de octubre a las inmediaciones del objetivo, organizamos el campamento, preparamos los explosivos, y esperamos. Ya conocíamos en exploraciones anteriores que el lugar elegido era tranquilo, que con mucho cuidado podíamos trabajar de día. Observamos el pueblo, su vida cotidiana, el retén, el vehículo policial, todo tranquilo.

Atacaríamos de noche el 21 de octubre. Cuando ese día comenzó a oscurecer, juntamos a todos y nos dimos fuerza. La orden de combate era organizarnos en dos grupos que se mantenían a la vista. Llegamos a las cercanías del pueblo, y comenzó a llover de una forma impresionante. Quedamos empapados inmediatamente, hacía mucho frío. Nos cruzamos con algunos lugareños que nos miraban y seguían de largo. La lluvia y la noche nos protegían.

En la casa aledaña al cuartel encendimos la carga potente que preparamos en el campamento. Nos acercamos y entre dos hermanos lanzaron la carga al techo de tejas del cuartel con excelente puntería. En la ventana del cuartel que daba a nosotros se asomó un policía, nos miró y se ocultó. Seguramente el ruido del golpe de la carga en el techo los había alertado. Con preocupación mirábamos el techo, no veíamos humo. La lluvia lo apagó, nos decíamos, y nos dispusimos a atacar. Reapareció el humo y retrocedimos. Fueron minutos interminables. Nos protegimos y sentimos la explosión que fue tremenda. Todo el techo voló por los aires. De acuerdo al plan, salí en dirección a la puerta y los otros hermanos ocuparon puestos laterales. Empecé a disparar parado frente a la puerta, pero no salió ninguna bala. Se había trancado el fusil de mierda… Lo destrabé y con el hermano que me acompañaba empezamos a disparar. No se veía un alma. El resto de los combatientes se acercó al lugar donde debía estar el vehículo, pero no estaba ahí.

Se apagaron todas las luces en las casas del pueblo, que tenía una ancha calle principal. Los policías, cuyo número nunca supimos, habían escapado por la puerta posterior. Esto lo presumimos, porque no quedó ningún alma y el cuartel estaba destruido. Entramos solamente a la primera sala, porque más allá no se podía pasar por los escombros. En vista de eso, salimos y disparamos al aire. Los hermanos mapuche empezaron a gritar consignas en su vocablo. Estaban enardecidos, gritaban “¡Viva Leftraru!, ¡Leftraru, somos tus hijos!” Gritábamos todo tipo de consignas, hasta garabatos, la madre de Pinochet fue la más mentada.

No paraba de llover. Bendita la lluvia, me decía, era la naturaleza que nos protegía. Pero los volantes que lanzábamos al aire quedaban embarrados inmediatamente. Fuimos a la escuela y después seguimos por la calle principal. Habíamos cumplido la misión: teníamos control del pueblo y las fuerzas represivas se habían hecho humo.
Pasado un tiempo, que sinceramente nunca he sabido cuánto fue, nos reagrupamos y ordené la retirada. Del cuartel nunca más se supo y partimos en retirada. Debíamos estar a una distancia considerable cuando amaneciera. Salimos en columna del pueblo y luego de unas horas de marcha, nos juntamos en un círculo a la luz de la luna y la lluvia, y nos separamos en distintos grupos: cuatro nos retiramos en una dirección y seis en otra. Fue emotiva esa separación.

Mi grupo de cuatro hermanos debía caminar tres noches para estar en un lugar seguro. Al amanecer de la primera noche, por radio nos enteramos que ya se sabía la noticia en todo Chile y eran cuatro poblados los controlados por el FPMR: La Mora, Aguas Grandes, Pichipellahuén y Los Queñes, además de una serie de acciones en Santiago. Recién entonces dimensionamos en lo que habíamos participado. Pensamos en los compañeros de las otras acciones, cómo estarían, sentíamos orgullo de ser del Frente.

Durante el primer día de retirada debimos cambiarnos la ropa mojada y dormimos envueltos en unos plásticos sin ropa para generar calor. La segunda noche de retirada el camino era con muchas subidas, no nos podíamos las piernas. De nuevo, de día permanecíamos inmóviles. La última noche llegamos, no sin dificultades, al punto en que tomaríamos un bote en un lago. Remamos varias horas y llegamos a la base de retirada, limpiamos el armamento, dormimos un rato y salimos a un camino donde a los dos últimos nos recogería un vehículo, pero ya vestidos de paisanos y con los medios protegidos en un buen escondite.

A la señal convenida, apareció el vehículo y salimos para mi zona. Yo debía partir a Santiago al encuentro con José Miguel y los demás jefes. Debo haber llegado a Santiago alrededor del 26 de octubre. Estaban presentes todos los encargados, pero de Los Queñes no llegó nadie. José Miguel no llegó, y ahí por boca de otro jefe me enteré que él había participado en Los Queñes. Estábamos molestos con su decisión, pero preocupados por su tardanza.

Intercambiamos opiniones de las acciones realizadas y seguimos esperando al Jefe, que nunca llegó a la cita. Días después, leímos en un diario que había aparecido muerto con Tamara en un río. La noticia nos golpeó duro. Jose Miguel consideró que debía participar para dar el ejemplo -esta operación era de jefes, porque implicaba una apuesta de futuro. Hoy a los años, lamento la decisión de José Miguel de participar directamente en las acciones, no había sido necesario. La idea rodriguista quedó impregnada en el pueblo. El Frente que yo conocí fue como Manuel Rodríguez -salió un día y no volvió más- aun está en el corazón del pueblo.

Como revolucionario, justifico las acciones del 21 de octubre. Demostramos que podíamos llevar la lucha contra la dictadura en diferentes territorios del país. Pinochet fue obligado a respetar la agenda ideada para nuestro país por Estados Unidos en conjunto con las clases dominantes en Chile. Gran parte de nuestro pueblo no entendió nuestro accionar ese 21 de octubre de 1988, y creo que hicimos poco para dar a conocer nuestros objetivos, o no pudimos hacerlo. La muerte de Raúl Pellegrín fue un gran golpe, pero hoy en día el pueblo es el único que puede juzgarnos.

comentarios
  1. RAUL MARTINEZ dice:

    quicieramos saber si aparece , el militante JUAN CARLOS MARTINEZ CONTRERAS en la foto de los queñes .yo soy su hermano YOY

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s