El Secuestro de Cristián Edwards

Publicado: 2010/11/04 en Uncategorized

OBS !! Esta informacion proviene de un extenso trabajo de Roberto Ampuero “LOS AÑOS VERDE OLIVO” Ampuero conocido por su traicion a nuestros hermanos Cubanos ,Traicion a nuestro pueblo trabajando con el enemigo (La Oficina ,Ani,Marcelo Schilling,Oscar Carpenter y muchos otros mas) Ampuero, La Oficina y Otros han entregado valiosa informacion del “FPMR” a los aparatos de inteligencia chilena, Pese a su contenido nos parece importante el contenido historico, No olvidar que este trabajo proviene del enemigo !! Para una mayor credibilidad de lo ocurrido en aquellos tiempos leer el libro de Luis Rojas Nuñez.. “De la revelión popular a lasublevacion imaginada”

Cristián Edwards tras ser liberado

El Secuestro

El FPMR ejecutó en septiembre de 1991 una de sus últimas acciones de envergadura: el secuestro de Cristián Edwards, uno de los hijos del dueño del diario El Mercurio, Agustín Edwards. La noticia se dio a conocer a través de los medios de comunicación sólo quince días después del plagio. Todos los antecedentes en manos de la justicia apuntaban a que, más que un secuestro político, el plagio buscaba financiar el repliegue definitivo del FPMR.

El plan comenzó a fraguarse a fines de 1990. Según consta en las declaraciones de Mauricio Hernández Norambuena en el proceso por la muerte de Jaime Guzmán, durante una reunión de la cúpula frentista se concluyó que era necesario realizar “una operación de envergadura” para solventar los gastos que demandaba el funcionamiento del Frente. Los jefes de la organización calculaban que en caso de secuestrar a Edwards el botín podría superar el millón de dólares, cifra que les permitiría sobrevivir por más de un año, sin exponer a sus militantes en asaltos menores.

Como jefe de la estructura operativa, a “Ramiro”, le correspondió distribuir y coordinar las labores de alrededor de 20 frentistas que participaron en la operación. “Ramiro” ya tenía experiencia en operaciones de envergadura: había participado en el atentado contra Pinochet, el secuestro del coronel Carlos Carreño y el asesinato de Jaime Guzmán.

El 9 de septiembre 1991, en los estacionamientos de un centro comercial de Las Condes, tres encapuchados tomaron por sorpresa a Cristián Edwards cuando este se retiraba de su trabajo. Envuelto en un saco de dormir, lo introdujeron en un vehículo y se perdieron en la ciudad.

A cinco meses del asesinato de Jaime Guzmán, el secuestro nuevamente encendió las alarmas en la administración Aylwin, que ya había reanudado sus lazos comerciales con Cuba. Tan sólo en el mes de junio, Fidel Castro había quitado toda legitimidad a la subversión chilena en una entrevista transmitida por los medios nacionales.

Un ex alto funcionario de gobierno reconoce que, debido a la gravedad del hecho, los canales informales con La Habana volvieron a montarse, con una petición taxativa: el gobierno chileno necesitaba urgente información de la isla sobre la pugna interna del FPMR, a fin de dilucidar qué sector estaba detrás del plagio. Aunque es una duda si La Habana colaboró o no en el caso, el hecho demuestra que el gobierno tenía la seguridad que el FPMR ya no era apoyado por los cubanos.

Durante su cautiverio, los frentistas utilizaron con Edwards los mismos métodos aplicados en secuestros anteriores: mantenerlo encerrado en un cubículo de tres metros de largo, por 1.50 metro de ancho y 2.10 metros de alto, construido especialmente para el efecto en un inmueble del pasaje Vicente Huidobro de Macul, propiedad del matrimonio formado por los frentistas Rafael Escorza Henríquez y María Cristina San Juan. Además era distraído con música permanente y sin luz natural para desorientarlo respecto al paso del tiempo. Durante el tiempo que se prolongó el cautiverio de Edwards, los frentistas jamás se atribuyeron el secuestro del entonces gerente de diarios regionales de El Mercurio.

El 1 de febrero de 1992, casi cinco meses despues de haber sido raptado, Edwards finalmente fue liberado con el pago de un millón de dólares y a su vez poniendo término a los secuestros como vía de financiamiento de los frentistas, quienes comenzaron a concentrar su actividad en los asaltos a entidades bancarias con el mismo fin.

Poco después de su liberación, el ejecutivo -quien nunca se ha querido referir al tema, cultivando un bajísimo perfil- se radicó en Estados Unidos, donde actualmente trabaja en el New York Times.

Semanas después de los hechos, cinco miembros del comando implicado en el plagio fueron arrestados por la BIOC, entre ellos Ricardo Palma Salamanca, “El Negro”, uno de los autores materiales del crimen de Jaime Guzmán, además de Maritza Jara, José Miguel Martinez, Rafael Escorza, y su esposa Maria Cristina San Juan.

El grupo encargado de los arrestos era comandado por el comisario Jorge Barraza;“Investigamos partiendo de cero, fuimos al Campus Oriente de la UC e investigamos a todo el mundo, alumnos, profesores, porteros, administrativos. De ese modo, surgio la información de que una dama había congelado su carrera en marzo de 1991, en el quinto año de su carrera, pocos días antes del homicidio del senador. Ella, Marcela Mardones, había sido dirigenta importante de las Juventudes Comunistas en el Pedagógico y se le conocía como “La flaca”. Era casada. Entonces, ubicamos al marido, del que estaba separada. Conversamos con él y nos informo que a mediados de marzo Marcela le había llevado al único hijo que tenían en común para que lo cuidara por un tiempo, pero que nunca más volvió a buscarlo. Siguiendo diversos hilos, con más entusiasmo y sacrificios que medios, en noviembre llegamos a la casa donde ella vivía con Raúl Escobar Poblete, “Emilio” ó “Pájaro loco”, dirigente del FPMR.. El era autor material del asesinato de Jaime Guzmán y jefe operativo del secuestro de Edwards”.

Poco tiempo después y luego de sucesivos seguimientos a “Ximena” y a “Emilio”, Barraza logró dar con el lugar en que se encontraba secuestrado Edwards; “Siguiendo estos hilos, nos encontramos con “Rodolfo”, jefe militar de la casa donde estaba secuestrado Cristián Edwards y llegamos a la vivienda, donde estaba el empresario plagiado, ubicada al fondo de un pasaje. Pudimos en ese momento haber sacado a Edwards, pero teníamos sólo el 30 por ciento de posibilidades de sacarlo con vida en siete segundos, porque el equipo terrorista que lo custodiaba era pesado, profesional. La vida de Edwards era prioritaria, luego la diligencia”, declaró Barraza.

El 25 de diciembre de 1991, Barraza le comunicó al director de Investigaciones Horacio Toro que había encontrado el lugar donde estaba cautivo Edwards y que desde el punto de vista policial el caso estaba resuelto. Si bien se cumplió con el principal objetivo en la operación secuestro, cual era la liberación casi un mes más tarde sano y salvo de Cristián Edwards, la BIOC perdió los pasos de muchos de los rodriguistas involucrados en la operación.

El Botín Que Desapareció

En un maletín de cuero cafe facilitado por los mismos frentistas, la familia Edwards entregó el millón de dolares exigido para el rescate de sus hijo Cristián.

Sin embargo, transcurridos 16 años del hecho aún no hay certeza de lo que ocurrió con aquella suma entregada en billetes de US$ 5 y US$ 20. El botín obtenido para financiar la retirada de los frentistas desapareció el mismo 1 de febrero de 1991, día que se realizó el rescate.

Según consigna la investigación judicial del caso Guzmán, Marie Emanuelle Verhoeven, la “comandante Ana”, informante del ex inspector Jorge Barraza, le habría confidenciado que Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”, viajó junto a ella a Europa a lavar el botín.

“Ana” sostuvo que “el Chele” tenía en esos años a su cargo las finanzas del Frente por lo que su mision fue llevar el dinero directamente a Cuba, para posteriormente trasladarlo a Belgica y Holanda,donde coordinó personalmente el “lavado” del capital y su posterior distribución. Asimismo y en forma previa, tuvo a su cargo la administración de los recursos logísticos para materializar la operación: casas de seguridad, pertrechos, autos y traslados.

Es importante recordar, como ya se ha sostenido, que el secuestro de Edwards obedece a la política de “repliegue táctico” del Frente, como consecuencia del alto grado de infiltración que por entonces sufría. Sin embargo, esta estrategia de repliegue requería financiamiento, pues era necesario asegurar la subsistencia económica de decenas de personas a través de empresas de papel, que existían principalmente en la zona del carbón, en la octava región.

Las propias confesiones que hizo el “comandante Ramiro” sobre el caso, cuando fue detenido en Brasil, corroboran esta tesis; “El secuestro de Edwards tuvo para el frente una finalidad financiera, junto a ello, golpeábamos a una de las más poderosas familias chilena y de reconocidos vínculos con el gobierno militar y los norteamericanos. Pero sobre todo lo fundamental fue conseguir los recursos que necesitábamos”.

Evidentemente, el éxito económico del secuestro de Edwards fue una manera rápida y eficiente de obtener los recursos necesarios para iniciar el repliegue proyectado. Y en cuanto al dinero, nunca más se supo.

El Sacerdote Mediador

En el primer mes del secuestro de Cristián Edwards los secuestradores no habían mandado ni un solo mensaje. Nadie sabía si querían dinero, venganza o dar el golpe que derribara la incipiente democracia. Los frentistas sólo habían enviado un sobre con el carnet del joven y una exigencia para que la familia no hablara con la policía.

Fue entonces cuando el entorno del dueño de El Mercurio pensó en un mediador. Para ellos la figura del sacerdote Renato Pobrete calzaba perfecto para tomar el timón de las negociaciones: era amigo de la familia, era una persona práctica, persuasiva y por su trabajo en el Hogar de Cristo era reconocido y respetado por todos lados. Cuando se lo plantearon, aceptó de inmediato. “¿Cómo lo hacemos?”, preguntó.

En sus memorias -escritas por la periodista Blanca Etcheberry y recientemente publicadas por la editorial Don Bosco-, el jesuita dedica un largo capítulo a esos entretelones. Este es un estracto de aquella historia.

 

A pesar de la cercanía, no fue Agustín Edwards quien ideó recurrir al padre Renato Poblete para que fuera el mediador en el secuestro. Fueron el director de La Segunda, Cristián Zegers; el editor de Redacción de El Mercurio, Juan Pablo Illanes, y el gerente de este diario, Jonny Kulka, quienes pensaron en él.

– Hagan lo que quieran-, fue la respuesta del dueño de El Mercurio.

Kulka e Illanes fueron dos días después a la casa del sacerdote. Llegaron casi de noche, para asegurarse de que estuviera y de que no se iban a encontrar con alguien a esa hora. Le explicaron que les habían aconsejado que nadie de la familia fuera el mediador, porque en esas condiciones es muy difícil ser objetivo. En cambio, alguien de afuera podría mantener siempre la calma y controlar las emociones. Le dijeron que lo consideraban la persona indicada. No dudó en aceptar.

El paso siguiente era buscar la forma de que los secuestradores se enteraran de que él sería el mediador. Debía salir junto a Edwards en el diario. Pero era necesario darles a los captores una pista para que se comunicaran. Por eso, el lunes 23 de septiembre de 1991 salió un artículo sobre una campaña del Hogar de Cristo, donde se llamaba para que las donaciones las hicieran al padre Poblete, por lo que publicaron su número de teléfono.

Los secuestradores se decidieron a llamar en octubre:’¿El padre Renato?, Quiero hablar con la familia Edwards y quiero que usted espere el lunes 7 que le daré un mensaje’.

Le ordenaron ir el martes 8 a un teléfono público en Manquehue con Apoquindo. Los captores le dijeron que había un mensaje en el baño de la heladería Tropicana del Apumanque.

-Me encerré y empecé a buscar por todas partes. Pesqué el mensaje y lo llevé a la casa de Edwards.

En esa oportunidad, el padre también le transmitió a su interlocutor un mensaje que llevaba escrito: -Don Agustín me ha autorizado como intermediario. Él no puede estar en contacto directo con ustedes, porque está cercado. Usted dijo ‘sin policías’. Bueno, no hay forma de que usted hable con don Agustín sin que la policía se dé cuenta. No le quepa la menor duda de que yo soy la única vía para resolver este asunto sin peligro para Cristián. Nadie más le va a hablar, porque sólo yo tengo la autorización de don Agustín.

El modo de operar de los frentistas fue siempre el mismo. Llamaban al sacerdote a su oficina y le decían a qué teléfono público debía dirigirse de inmediato, porque sólo ahí le darían el mensaje. Eran lugares relativamente cercanos. El padre anotaba en un papel o a veces grababa la conversación. Nunca le hablaron más de 30 segundos. Siempre buscaron lugares donde hubiera dos teléfonos públicos, a veces en veredas diferentes. Y lo hacían ir de uno a otro, por temor a que la policía hubiera alcanzado a intervenir el teléfono.

-Siempre era la misma voz. Me trataba de padre, con bastante respeto. No se identificó nunca.

Pocos días más tarde, hubo un nuevo contacto con los secuestradores. El padre Renato debía ir a la estación Alcántara del Metro. Habría un mensaje en el último asiento del andén en dirección a Las Condes.

-Empecé a buscar, y nada. Habían pasado dos trenes y yo no me subía. Pensaba ‘qué va a decir la gente, el padre Poblete como bruto sentado dejando que pase el tren’. En el andén del frente había un aseador que me miraba. Entonces yo tiraba las llaves al suelo y me agachaba para ver si los mensajes estaban pegados debajo de algún otro asiento. Lo habían pegado por detrás del asiento.

El mensaje contenía la primera demanda de plata de los frentistas: 5 millones de dólares.

-Pidieron que Agustín Edwards publicara en el diario un aviso con lo que estaba dispuesto a pagar y advirtieron que ‘no fuera egoísta’. Yo tenía que explicarle que él estaba en mala situación, que era un mito lo de la fortuna, que jamás iba a poder pagar esa cantidad. Su oferta era de 200 mil dólares.

Era tan grande la diferencia que no se supo de los secuestradores hasta el 1 de noviembre: -Me llamaron a un teléfono público en la calle Brasil y me dijeron: ‘Hay un mensaje en el pabellón 11, mausoleo 8, del Cementerio Católico’. Pesqué el auto y partí. Hice como que rezaba para que nadie se diera cuenta de que estaba buscando algo. Detrás de una puerta de fierro había pegado un papel. El mensaje decía que no estaban conformes con la oferta y que la subieran. Venía además una carta de Cristián.

A partir de entonce, en los clasificados pudieron leerse estos avisos: ‘Compro veda. Pago tanto’. Se ofrecía la cantidad y los secuestradores llamaban al padre. Así durante días. Pero los captores mantuvieron un tenso silencio hasta el 17 de diciembre. Citaron al padre Renato a las doce del día a un teléfono en el Parque Arauco.

-Me dijeron que subiera al baño del segundo piso, pero no me quisieron decir dónde estaba escondido el mensaje. Entré y fingí que orinaba hasta que se fue la gente. Busqué por todos los lados y encontré una carta y una cinta con la voz de Cristián. No aceptaban la oferta.

Pero el padre Renato pensaba que se llegaría a un acuerdo antes de fin de año. Fue imposible. A esas alturas ya estaba desesperado aunque nunca amenazó con abandonar la gestión. Así, incluso en la Navidad de 1991, el padre Renato tuvo que seguir su tarea de emisario. El 25 de diciembre sorprendió a todos con una copiosa lluvia y más aún a él, que estaba en Providencia con Los Leones, esperando un telefonazo. Lo llamaron a las 12:15 y lo mandaron a un baño de un Burger Inn.

-Entré. El mensaje estaba detrás de una taza. Había también una foto de Cristián. En ese momento los secuestradores pedían 1 millón y medio de dólares. ‘Súbanse, acérquense al negocio y pongan un aviso’, era el recado.

Entonces ocurrió algo inesperado. Al padre Renato lo llamó una señora que no tenía que ver en el caso: -Señor, yo tengo un veda que quisiera vender. El padre pidió cambiar el aviso. Y reemplazaron el veda por una gaita. El tira y afloja continuó.

El 14 de enero, el padre se sorprendió con un llamado. Por primera vez, era otro su interlocutor. ‘Habla El Abuelo’, le dijo. Y agregó: ‘Dígale que no juegue con nosotros’.

“Abuelo” era uno de los alias de Mauricio Hernández Norambuena, comandante del FPMR, del que más tarde se comprobó su activa partcipación en el plagio.

-Me llamó para amenazar y yo le contesté: ‘Ustedes tienen plata de más con todo lo que han robado a los bancos. Es una suma extraordinaria lo que están pidiendo. Por favor, vengan a la hospedería del Hogar de Cristo para que lleguemos a un acuerdo que sea beneficioso para ustedes y donde no corra peligro la vida de Cristián. Confíen en mí. Yo nunca los voy a identificar.

El domingo 19 de enero, otro aviso pidió contactarse con el padre: ‘Compro gaita Kennedy, tengo oferta especial’. Lo llamaron al día siguiente. A estas alturas ya estaba casi listo el acuerdo. Las dos partes habían aceptado el millón de dólares.

El viernes 24 fue a Luis Thayer Ojeda con Providencia a esperar otro llamado. La persona con que siempre había hablado lo mandó al baño del restaurante la Vera Pizza. Además de una foto de Cristián encontró un mensaje. Se aceptaba la suma y se establecían las condiciones de la entrega: debía ir el padre Renato a entregar los billetes escondidos en una maleta de cuero café. Tenía que ir acompañado del chofer de Edwards, Juan Cancino, en un Volkswagen escarabajo amarillo.

Un experto inglés el tema y que asesoraba a la familia Edwards había dicho que el sacerdote no podía ir, porque a veces ocurría que cuando el intermediario llegaba a la entrega, lo mataban y se quedaban con el dinero. Pero el padre fue a la casa de Lo Curro y les dijo que los secuestradores habían exigido que él hiciera la entrega.

La noche antes del pago, Poblete no durmió en su casa, porque lo podían seguir. Se fue a la casa de Illanes. Se quedaron conversando hasta muy tarde. Almorzó temprano, porque en la tarde debía llevar el millón de dólares. El teléfono sonó a las 14.30.

-‘¿Tiene la plata?’
-‘Sí’.
-‘Baje por Providencia hasta Seminario. A las cuatro de la tarde estacione el auto frente a la iglesia de los Santos Ángeles Custodios. Se le acercará una persona con una foto de Cristián. Si nadie se le acerca en 10 minutos, váyase.

El padre siguió las instrucciones. Entró a la iglesia con la maleta. Sólo vio a un señor bien vestido con una máquina de fotos. Como nadie se le acercó, se fue.

A las 9:50 del 27 de enero, los secuestradores volvieron a llamar. Esta vez el diálogo fue áspero. El padre Renato veía con desesperación que no habría solución antes del 1 de febrero, el día que pensaba partir de vacaciones.

-‘Padre, a usted lo seguía la policía. Es un traidor’.
-‘No sean desgraciados, ustedes están mintiendo, yo cumplí todo. No pueden ser tan poco inteligentes de tener un gallo a pleno sol, vestido de negro, de fotógrafo. No hay matrimonios en Chile a las cuatro de la tarde ni menos en verano. Se equivocaron. A mí no me seguía nadie. Son ustedes los que fallaron’.

El jueves 30 lo citaron a Antonio Varas con Irarrázaval. Lo esperaba una prueba aún más difícil:

-‘Vaya al baño de mujeres de la pizzería Doña Elena’.
-‘Cómo se les ocurre que me voy a meter a un baño de mujeres. Están locos’.
-‘Padre, estamos terminando’.

-Eran las doce del día. Entré y no había nadie. Encontré el sobre, me lo guardé y salí volando. Me imagino el escándalo si es que hubiera entrado alguien. El mensaje decía: ‘Esta es la última oportunidad. Repitan los mismos puntos de la semana anterior. Sólo negociaremos con el padre Poblete. Que él siga el plano que le mandaremos mañana. No puede dormir en su casa. El padre Renato no debe tomar contacto con nadie’.

Para entregar la plata, el padre Renato alojó en un apart hotel en Bustamante, junto a Cancino, el chofer de Edwards. Siguiendo las instrucciones, partieron a las 12:30 desde la iglesia de los Santos Ángeles Custodios. En el plano estaban señaladas las calles que debían recorrer para llegar a las 13:30 a Vicuña Mackenna con Santa Isabel, donde recibirían un nuevo mensaje. De ahí tuvieron que ir a un restaurante en Mapocho. Ahí había un plano perfectamente bien hecho: ‘Vuelva a subir a una velocidad no mayor a cuarenta kilómetros por hora, hágase cuenta de que su auto no es muy bueno’.

-Subimos por Santa María hasta llegar cerca del Saint George. Bajé y encontré un paquete. Volvimos al centro. Nuevamente venía un mapa con instrucciones y una ficha de un supermercado. ‘Siga por la Costanera hasta llegar a Manuel Montt, doble a la izquierda y avance hasta el Multiahorro que queda en la esquina de Alférez Real. Canjée la ficha por una maleta. Allí encontrarán unas poleras, pónganselas y dos gorros’. Le dije al chofer que fuéramos al colegio San Ignacio. Como era verano, no habría nadie y nos podríamos cambiar de ropa y además podríamos traspasar la plata a una bolsa especial, que también estaba en el casillero del supermercado. Habíamos partido a las doce en punto y ya eran como las cuatro de la tarde. No había nadie. Nos cambiamos en el mismo estacionamiento. Cuando hice el traspaso de plata, les dejé un mensaje a los secuestradores: ‘Si esta plata llega a sus manos, acuérdense de que hay mucha gente pobre que la necesita. Dejen algo para el Hogar de Cristo’. Después seguimos por Américo Vespucio hasta la plaza Egaña. En un poste había otro mensaje. Decía ‘espere en la intersección de la Norte-Sur con Departamental’. Al chofer le dije que se fuera rápido no más, porque nos habíamos demorado mucho. En vez de 40 kilómetros por hora, volamos. Me puse a esperar frente a un teléfono para escuchar la próxima instrucción. Tiene que haber habido mucha gente observando, que avisaba cuándo llegábamos, porque a los 10 minutos sonó el teléfono. Ahí alegué: ‘Me han hecho dar mil vueltas, estoy desde las doce en esto, hasta qué hora me van a tener de un lado para otro’. ‘Padre, a usted no le va a pasar nada. Estamos llegando al final. Hay un mensaje en el Café El Paso, que queda un poco más al sur, frente a un motel’. La instrucción era que el mensaje estaba en la mesa, a la salida del baño. Llegué, me senté, pedí una Coca Cola y empecé a buscar. No encontré nada tocando la mesa por debajo. Después tiré las llaves al suelo… y nada. Me paré, hice como que bostezaba, que estaba cansado y me di vueltas. Salí. Entonces se me ocurrió que habían dejado el mensaje la noche anterior y que al hacer el aseo habían corrido las mesas. Nuevamente tiré las llaves del suelo y vi el mensaje. Estaba en otra mesa. Decía que era el final. ‘Vaya lentamente al kilómetro 17 y medio, donde hay una escalera metálica. Debajo de ella hay un mensaje’. Junto al mensaje, había una foto de cuerpo entero de Cristián con El Mercurio del día anterior. ‘Avance lentamente 150 metros más hasta el paso sobre nivel y grite ¿está Camilo? Si responden que sí, tire el bolso con la plata’.

El padre caminó, se asomó por el paso sobrenivel y gritó: ‘¿Está Camilo?’ Le respondieron que sí. Rezó. Y tiró el millón de dólares. La bolsa cayó sobre una camioneta. Nadie dijo cuándo liberarían a Cristián. Al día siguiente, el padre Poblete partió de vacaciones, como lo hace todos los años, a una casa de los jesuitas cerca de Santo Domingo.

El sábado 1 de febrero, alrededor de las 10 de la noche, Cristián Edwards fue liberado en el paradero 10 de Vicuña Mackenna. Tomó un taxi a su casa, en Lo Curro.
Su padre lo llevó hasta El Mercurio para tomarle una foto. La imagen de un joven sonriente con una barba de meses en medio de sus padres que no disimulaban su alegría, fue la portada del diario del día siguiente.

Alrededor de las 12 de la noche en la casa de veraneo de los jesuitas le contaron al sacerdote que había aparecido Cristián. ‘Gracias a Dios’, dijo.

Así terminó uno de los episodios más tensos en la vida del padre Renato. -Todo el mundo me hacía el comentario irónico de que ahora no iba a tener más problemas de plata, pero la familia no dio dinero al Hogar de Cristo. Tampoco conocí a los secuestradores ni supe quién era el que me llamaba”.

comentarios
  1. victor sanchez dice:

    Linda la historia pero como dieron con el grupo. Operativo que secuestro a C. Edward es. Ficticia lo demas se apega a la verdad mi nombre victor Sanchez

  2. hector acevedo dice:

    ahi queda demostrado que la familia edwards no se mete la mano al bolsillo x los pobres no ayudo ni al hogar de cristo

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