Operacion Siglo XX

Publicado: 2010/11/04 en Uncategorized

OBS !! Esta informacion proviene de un extenso trabajo de Roberto Ampuero “LOS AÑOS VERDE OLIVO” Ampuero conocido por su traicion al partido Socialista,traicion a nuestros hermanos Cubanos ,Tracion a nuestro pueblo luchador, trabajando con el enemigo (La Oficina ,Ani,Marcelo Schilling,Oscar Carpenter y muchos otros mas)Ampuero, La Oficina y Otros han entregado informacion del  “FPMR”, pero buen contenido del aspecto historico.

EL ATENTADO A PINOCHET (PRIMERA PARTE)

El General En La Mira

A comienzos de 1986 los altos mandos del FPMR comenzaron a sostener una serie de reuniones con la cúpula del PC, con la idea de hacer realidad uno de sus proyectos más ambiciosos desde el inicio de su carrera armada. Desde hacia un par de años que el Frente conjeturaba sobre la idea de atentar contra el mismísimo general Augusto Pinochet.

Según los análisis políticos del grupo, el año 1986 debía ser “El año decisivo” dentro de la lucha contra la dictadura y la eliminación física de Pinochet era uno de los puntos concluyentes para este objetivo. Según el ex dirigente comunista Ernesto Contreras, la idea de atentar contra el general ya había rondado a la comisión política del partido desde 1980, “como una conjetura vaga que nunca fue más que eso”. Un ex oficial frentista avecindado hoy en Europa afirma, en cambio, que la idea surgió a fines de 1984: “Se pensaba que en 1986 el desgaste de Pinochet y el desarrollo del FPMR iban ser tales, que estaríamos en condiciones de ajusticiarlo”.

La decisión final para llevar a cabo el atentado fue tomada por la Dirección Nacional del FPMR en el verano de 1986, en consenso con la comisión militar del PC, dirigida en ese momento por Guillermo Tellier y Gladys Marín. El objetivo era reimpulsar mediante un golpe de mano la movilización social, apurar el término del régimen militar y negociar un acuerdo con la DC. “O lo hacemos ahora o esto se escapa por la vía de un plebiscito”,sostuvo en esa ocasión un alto dirigente. Solo una condición le impuso la colectividad al FPMR: únicamente debían tomar parte combatientes experimentados, y en ningún caso militantes del PC, cuya participación pudiera exponer al partido.

José Valenzuela Levi, conocido como el “comandante Ernesto”, quedó a cargo de la operación. Uno de los jefes máximos del FPMR, por su amplia preparación militar, era el hombre indicado.

José Valenzuela Levi, jefe del atentado

Como su mano derecha, “Ernesto” escogió a Cecilia Magni Camino, la “comandante Tamara”, quien era la única mujer que en ese momento ocupaba un alto cargo en la cúpula del FPMR. Ella sería la encargada del montaje logístico.

La idea, conocida y acepada por el Frente, era hacer explotar el vehículo de Pinochet -al estilo del atentado de ETA a Luis Porto Carrera en 1973 en España- cuando volviese a Santiago desde su residencia de fin de semana en El Melocotón.

Para ello, secretamente el “comandante Ernesto” decidió encargarle a Rodrigo Rodríguez Otero, un joven frentista de 23 años conocido como “Jorge”, la delicada tarea de investigar la rutina de Pinochet. Recibida la orden, “Jorge” se abocó de lleno a conseguir información de inteligencia sobre la vida, las relaciones personales y los traslados de Pinochet. Instalado en la Biblioteca Nacional, en las primeras semanas dedicó días completos a revisar artículos de prensa que aludieran al dictador. Además se inscribió en un gimnasio del barrio alto frecuentado por oficiales del Ejército y cadetes de la Escuela Militar. Gracias a su personalidad canchera, rápidamente se ganó la confianza de los uniformados e incluso compartió departamento con uno de ellos. También se afilió a un club de paracaidismo ligado al mundo castrense. Sin saberlo, en informales conversaciones los militares le entregaban al “enemigo” información importantísima sobre el general, la que luego era chequeada por los grupos de “exploración”.

Meses antes, “Jorge” le había hablado del atentado a su primo Alejandro, incorporándolo a las tareas de “exploración” en el Cajón del Maipo. Fue el propio Alejandro Otero quien arrendó la panadería en el sector de Las Vizcachas desde la cual se cavó el túnel que haría explosión bajo la ruta al Cajón del Maipo.

No obstante los preparativos, el plan fue repentinamente abortado el 7 de agosto, el día siguiente del descubrimiento de la internación de armas en Carrizal Bajo, debido a la falta de certeza que el auto de Pinochet cayera en la explosión. Uno de los frentistas que estuvo ese día en la panadería recuerda su conversación con Cecilia Magni, la “comandante Tamara”; “Ella me dijo “tengo dos noticias, la primera es una buena”, y me regaló un tremendo reloj; pero luego agregó “también tengo una mala, esto se cierra”. Entonces, Jorge dijo “Bueno, entonces hagámosle una emboscada”.

Cecilia Magni Camino, la “comandante Tamara”

En la segunda semana de agosto, el “comandante Ernesto” dio luz verde a la variante que modificaría radicalmente la vida de casi una veintena de combatientes que en varios casos no superaban los 20 años. Era el tiempo de la emboscada y de la urgencia por preparar al contingente. Para entonces la misión ya tenia nombre: “Operación Siglo XX”.

Pero la preparación del atentado no seria obra exclusiva del FPMR. Informado desde la génesis sobre el proyecto de matar a Pinochet, Fidel Castro le tendería una mano al “comandante Ernesto” en su preparación. Dada la envergadura del objetivo, La Habana nuevamente ofreció sus instalaciones de entrenamiento para alistar a algunos de los participantes. Uno de los oficiales cubanos de Tropas Especiales que le tocó entrenarse con varios frentistas que participaron en la acción fue Lázaro Betancourt. Hoy, desde su exilio en Miami, recuerda: “Lo más probable es que los tenientes coroneles de apellidos Lara y Espinoza, estuvieron entre los instructores que entrenaron a los chilenos para el atentado, ya que eran los más capaces en este tipo de operaciones. En general los chilenos eran buenos soldados”.

La Operación Siglo XX

-Cómo estai pa’ morirte?, le preguntó “Ramiro” a “Alonso” una tarde mientras iban en el metro.

-Como siempre, hasta la ultima si se precisa - respondió casi sin pensarlo.

Era el 28 de agosto de 1986. A pesar de su corta edad Víctor Díaz Caro, o “Alonso” para sus compañeros del Frente, al igual que otros integrantes de la unidad dirigida por “Ramiro”, ya poseía una amplia experiencia operativa. “Ramiro”, mas serio, continuó; “Lo concreto y oficial: hay una misión con un 95% de no salir con vida, tú decides”. “Alonso” solo asintió con la cabeza y se aprestaron a bajar del vagón. “Ramiro” no le dijo nada pero tomó nota mentalmente de la respuesta de “Alonso”.

Se dirigieron por Irarrázaval hacia el poniente. En la esquina de Manuel Montt los esperaba José Valenzuela Levi, el “comandante Ernesto”. “Ramiro” comenzó a caminar tras ellos. “Ernesto” le explicó lo que significaba eso del 95 %, pero sin hablar de la misión especifica. Hasta allí, “Alonso” ignoraba muchas cosas.

Lo que ocurría ese día era el resultado de más de un año de arduo y sacrificado trabajo, el que comenzaba a concretarse con el acuartelamiento de una veintena de jóvenes combatientes del FPMR para una operación de “gran envergadura”. Antes de “Alonso” esta misma escena y diálogo se había repetido bastante esos últimos días de agosto. El era el último.

Durante casi todo el invierno y en sesiones de 3 horas diarias varios grupos se habían preparado entusiastamente en el Parque O’ Higgins, dirigidos por “Ramiro” -Mauricio Hernández Norambuena, profesor de Educación Física-, en carreras de resistencia, rapidez y salto con obstáculos.
“Ramiro”, encargado de la preparación de los combatientes

Héctor Maturana Urzúa, uno de los fusileros escogidos por el FPMR, señala; “Nos preparamos en el Parque Ohiggins, donde éramos parte solo de un grupo de hombres que hacían footing. Incluso allí se preparaba la Parada Militar de ese año. Y nosotros rodeábamos a los militares en vueltas, durante una hora de trote. Hacíamos turnos en la mañana y en la tarde, y ese era también la oportunidad de tener un porcentaje un poco mayor de de salir con vida”.

Adriana Mendoza Candia, “Fabiola”, fue la única mujer escogida dentro del selecto grupo de fusileros. A diferencia de sus compañeros, fue la única en enterarse del objetivo con anticipación; “En el mes de mayo Tamara me dijo que debería participar en una misión fuera de Santiago y que otro compañero me daría mas antecedentes. Días después me reuní con ese compañero, al que conocía del exterior, en una panadería del sector de Las Viscachas. Me sirvió un café y le pedí que me contara de una vez de qué se trataba la misión. Participarás en una operación, cuyo objetivo es ajusticiar a Pinochet, me dijo mirándome fijamente a los ojos. Quedé muda por largos minutos. ‘Las posibilidades de salir con vida son mínimas’, agregó sin mayor dramatismo. Así me incorporé a la Operación Siglo XX”.

El miércoles 27 y jueves 28 de agosto la mayoría de los fusileros fueron recogidos en distintos puntos de la capital y trasladados a una casa de seguridad del sector alto.

En 1988 “Alonso” escribió un detallado relato que fue publicado por “El Rodriguista”. En él recordaba; “A las 18 horas me recogerían para ir a la casa de acuartelamiento. Tenía toda la tarde por delante y, a modo de despedida, Ramiro me había dicho: “Aprovecha de despedirte de tus seres queridos”. Luego, caminando solo, mi dilema era cómo despedirme de mi mujer y de mi hijo. Llevaba más de dos años clandestino y no podía ir a la casa. Sólo sabía que mi hijo iba a un jardín infantil y que su madre continuaba estudiando. En fin, pensé en tantas cosas, quise hacer tantas otras. Atiné solamente a recorrer y pasar lo más cerca de cada lugar donde yo pensaba que ellos estaban. No puedo negar que soñé con abrazar a mi hijo, aunque no me reconociera, así como deseaba tan intensamente entrar a un gran casino de estudiantes, pararme en la puerta y buscar y buscar con la mirada hasta encontrar los ojos más bellos del mundo, luego correr hacia ella, en cámara lenta como en las películas, abrazarnos, luego almorzar juntos, mas tarde amarnos y partir. Soñando; fue así como se me pasó la tarde y ya estaba puntual para ser recogido dejando mis sueños allí, en una esquina de Santiago”.

Víctor Díaz Caro, “Alonso”

Cerca de la medianoche del día 28 llegó Cecilia Magni Camino, la “comandante Tamara”, encargada de conseguir los vehículos y las casas para la operación. Sólo algunos pocos de los que estaban allí conocían el cargo que ella ostentaba: integrante de la Dirección Nacional del FPMR. La joven se presentó junto a César Bunster, hijo de Álvaro Bunster, ex embajador de Allende en Inglaterra. Este fue quien arrendó los vehículos que se utilizaron en la emboscada, así como la casa en La Obra que se usó como cuartel general.

“Tamara” les indicó a los combatientes que deberían salir de la casa para efectuar un pequeño recorrido. Al salir los hizo enjuagarse la boca con pisco; “Hay que aparentar que andamos de fiesta”, dijo. Apretujados en un jeep Toyota Land Cruiser azul manejado por Bunster tomaron la ruta de San Juan de Pirque, rodeando el río Maipo pasando en dirección a la cuesta Achupallas y El Mirador. -Pónganle ojo porque estamos en zona operativa- habló seria la comandante.

Durante esa noche practicaron posiciones de tiro nocturno, pero sin armas. -Con un palo de escoba al que se le puso una mirilla por la cual apuntábamos a un fósforo prendido y calibrábamos el órgano de puntería- explica un fusilero.

Por la mañana del viernes 29, cerca del mediodía, llego nuevamente “Tamara”, esta vez acompañada de “Ramiro”. Luego de compartir con el grupo un rato, le ordenaron a “Alonso” que los acompañara.

“Alonso”; “Subimos a una camioneta Toyota azul. Era grande, corredora. Íbamos por el camino La Florida. Ramiro preguntó cómo había pasado la noche, hicimos recuerdos y el reía con Tamara, porque se sabían poseedores del gran secreto. Hice variadas conjeturas y reían. Finalmente me explicaron la nueva misión que asumiría. Iba rumbo a otra casa en donde otro hermano me daría más detalles. Por lo pronto tendría que poner a punto los “medios” que se usarían en la misión. Tamara luego me pidió la opinión sobre la camioneta y si yo creía poder manejarla. En realidad la Toyota era un monstruo con tracción de cuatro ruedas y su velocímetro indicaba más de 200 kilómetros por hora”.

Al llegar a Las Vizcachas, y tras la fachada de un pequeño local de venta de empanadas, se encontraba uno de los enclaves que el FPMR había acondicionado para la operación. En la trastienda y en perfecto orden se encontraban cuatro fusiles M-l6 dispuestos con sus cargadores y, al lado de ellos, un túnel. “Bajé, y me cambié de ropa, -continúa “Alonso”- ya que era bastante espacioso, allí habían alineados otros veinte M-l6. Luego bajó un compañero, me saludó y me dijo: “Soy Milton, debemos poner a punto todo este armamento, limpiarlo, engrasarlo, y además debemos hacer granadas caseras. Tenemos ocho horas”. Nos pusimos a trabajar y limpiamos uno por uno los fusiles, revisamos y los cargadores. Buscamos muestras de óxido o cualquier otra cosa anormal. Todo fue controlado, menos el dolor de cabeza que cada vez era más insoportable, debido a los gases que emanaba la gasolina. El aire se hacia irrespirable, más aún cuando abrimos una bolsa de amongelatina y empezamos a confeccionar las granadas caseras. Aún seguíamos sin saber para que nos preparábamos. A las 10, lo único que queríamos era que nos cortaran la cabeza. Teníamos ganas de vomitar, mareos, en fin, era un suplicio moverse, y dar un paso. Pero ya la tarea estaba cumplida: todo revisado, limpio y seco. Luego, se nos ordenó sacar los bolsos en que habíamos embalado el armamento”.

Cerca de las 23 horas y cuando ya había una espesa niebla, llegó el “comandante Ernesto” en un vehículo. Ahí se cargaron los fusiles. Al cabo de media hora y con un trayecto que se vio dificultado por la espesa niebla, llegaron a la casa de La Obra 0235.

Esta era una verdadera mansión: con piscina, canchas de tenis, amplios jardines, inmensos ventanales, y terraza. En su estacionamiento había una Toyota azul doble cabina, otra Toyota azul grande, la Land Cruisser, un Peugeot Station verde con una casa rodante y finalmente un Datsun Bluebird. Rápidamente bajaron las armas y en cinco minutos estaban todas desplegadas en el piso de una de las habitaciones. Rato después, fueron llegando los combatientes que debían pasar por la pieza a retirar sus medios.

A las tres de la madrugada y teniendo la confirmación de que todo estaba en regla, se entregaron los turnos de las guardias. “Alonso” y “Milton” (Arnaldo Arenas Bejas) fueron relevados de esa función ya que no podían estar en pie.

Arnaldo Arenas Bejas, “Milton”

“Alonso”; “Despertamos cerca del mediodía del sábado 30. Cuando abrí los ojos tuve una agradable sensación: el dolor de cabeza y todos los malestares habían desaparecido. A mi lado, Milton también despertaba. Sonrió y me dijo: “la media voladita que nos pegamos”. El resto de los hermanos nos miraron y sonrieron. Fue lindo ese despertar. Cada uno con su “M” en silencio, esperábamos. Nos duchamos y nos llevaron un contundente almuerzo, pero nadie quería comer. Tamara cariñosamente nos dijo: “Niños, coman. Hay que estar fuertes. Además Lili se los preparó con mucho amor”. Dicho esto, vimos aparecer a una compañera que muy sonriente nos dijo: “Yo soy la encargada de que ustedes coman bien, y si no lo hacen, la Señora aquí presente me va a regañar”.
Lili era quien cumplía la misión de ser la empleada de la casa, y que la “Señora” (Tamara) había llevado de su propia casa para que la atendiera. Cumplía también el papel de verse cortejada por don Marcelino, algo así como un mayordomo que tenía la vivienda. Esa era la fachada que allí funcionaba a la perfección. A medida que transcurrían las horas, todo el silencio se convertía en tensión. Los fusileros comenzaban a elucubrar y la mayoría deseaba saber cuál era el motivo para que cada uno tuviera un fusil M-l6 en sus manos y suficiente munición como para ir a una guerra.

De pronto, cerca de las 16 horas llegaron los jefes de grupo, “Jorge”, “Ernesto” , “Tamara” ,”Ramiro” y “Joaquín”. Inmediatamente todos se pusieron de pie y formaron una escuadra.

Mauricio Arenas Bejas, “Joaquín”,uno de los jefes de grupo

“Jorge” se presentó al primer contingente y les dijo: “Soy Jorge y estoy a cargo de este grupo”. Los ordenó en la formación: “Milton”, “Javier”, “David”, “Alonso” y “Víctor”. Y prosiguió: “Ahora el comandante Ernesto nos planteará la misión”.

En ese momento “Ernesto” tomó la palabra: “Hermanos, ustedes forman parte de un grupo especial de combate del FPMR con una misión encomendada por la Dirección Nacional, que recoge el justo sentir de nuestro pueblo de hacer pagar con la vida al tirano Pinochet estos largos 13 años de miseria, tortura y desaparecidos. Será la Operación Siglo XX. Le haremos una emboscada de aniquilamiento”.

“Alonso” recuerda; “Desde ese momento fue como si ya no lo escuchara. Sólo sentí un nudo en el estómago y los ojos se me llenaron de lágrimas. Y si yo hubiese mirado hacia el resto de la formación, estoy seguro que a mis hermanos les ocurría lo mismo. Cuando Ernesto terminó, ya sabíamos cuál era nuestra honrosa misión”.

Ese día Pinochet ya había subido y descansaba en El Melocotón. En tanto, los jefes se retiraron para entregarle la misión a los otros grupos en sus respectivas habitaciones.

“Jorge” se quedó: “Bien, hermanos, nuestra misión específica es ser el grupo de choque, es decir, parar la comitiva del Tirano bloqueando el camino con una casa rodante, posterior al paso de los motoristas. En esa casa rodante estará Milton acompañado de Javier, debidamente enmascarado y disfrazado de Javiera. Ellos serán una pareja que observa el paisaje. A la orden de Jorge, Milton cruzará la casa rodante, luego de lo cual Jorge, en medio de la ruta y con su LAW desplegado, abrirá fuego sobre el primer auto de la comitiva e inmediatamente, ante cualquier resistencia, el resto de los compás: Milton, David y Javier, dispararan contra el primer auto. Abren fuego inmediatamente que vean a Jorge con el LAW para cubrirlo. Darío estará en una pequeña altura al frente del Mirador en la ladera del cerro con su LAW también desplegado y su ‘M’ listo. Apuntará también sobre el primer auto, si aún no es destruido. Alonso conducirá la Toyota Land Cruisser y después de dejar a los combatientes en el Mirador, regresará unos ochenta metros y en un terraplén que allí hay, se estacionará. Su misión, además, es interceptar al primer motorista. Debe abrir fuego siempre y cuando haya comenzado el combate principal. Si actúa a destiempo, el motorista puede alcanzar a avisar. Si es preciso que el motorista se pase, lo deja. Eso puede traernos complicaciones, pero si cumplimos el objetivo, ya nada importará. Víctor estará estacionado en el terraplén. Da cuenta del segundo motorista. La distancia entre esos dos es de treinta a cuarenta metros. Resumen: los encargados de los vehículos de retirada garantizan la retaguardia del resto del grupo de choque”.

“Jorge” hablaba tranquilo, transmitiéndoles a todos una inmensa seguridad. Ya cada grupo había recibido sus misiones específicas. Todas las dudas fueron expuestas y recibidas las debidas respuestas. Luego los jefes salieron a esperar la señal de que Pinochet bajaba. Cada uno de los combatientes, en silencio, recién comenzaba a tomar real conciencia de la importancia de la misión que se les encomendaba.

Héctor Maturana Urzúa era el más joven del grupo, con tan solo 17 años. El era “Javier”;“Cuando nos avisaron que era el ajusticiamiento al tirano me relajé y pensé en mi familia y en las personas que yo quería y con las cuales ya tantas veces habíamos hablado sobre el tema. Cuando se habló de una emboscada pensé que era algo que estaba más a nuestro alcance”.

Héctor Maturana Urzúa era “Javier”

En la primera habitación, “Milton” se tendió sobre la cama, “Javier” se tendió en el piso alfombrado, “David” se sentó en una silla en una esquina de la pieza, “Víctor” apoyó su espalda en la pared y “Alonso” se sentó en el piso apoyando la espalda en la cama. Los minutos se hacían interminables. Dieron las 18.30, las 18.45 y no había señal. Hasta que tuvieron la certeza de que Pinochet no bajaría.

“Alonso”; “Recién ahí bajó un poco la presión y pudimos reírnos al ver a Javier como Javiera. La música volvió a la casa y pronto hizo hambre. Cada grupo seguía en sus habitaciones y hasta ahí llegó Lili con una rica comida y con bebidas. Mientras comíamos, nos lanzábamos algunas tallas, digamos, un tanto macabras para cualquier mortal. Salió la de la última cena con el “¿Seré yo, Señor?”, otras como “¿A quién le piace un allegretto?”, o la de Javier; “Si quedo tirado, favor de sacarme el rimel”. Se rieron de mi corbata negra y delgadita de los años cincuenta (recuerdo de mi padre). También recuerdo que nos molestaban las yemas de los dedos porque nos habíamos puesto la “Gotita” que servía para no dejar ninguna huella”.

Después de la comida se dieron las indicaciones sobre las guardias. “Alonso” fue designado de dos a tres de la madrugada, así es que se acomodó para dormir; “A decir verdad, traté de dormir, pero se agolpaban en mi mente millones de cosas hechas y por hacer. Comenzaron los recuerdos, los inicios en el Frente, los hermanos caídos, mi padre desaparecido, el sufrimiento de mi madre y hermanas, mi hijo, inocente testigo de tantos sacrificios como los hijos de mis hermanos que trataban de conciliar el sueño junto a mí. A las dos fui despertado. Tomé el fusil y acomodé en una sobaquera un 38 especial que me entregó el compañero saliente de guardia. La casa estaba silenciosa. Cerca de las tres de la mañana vi una luz roja que pasó en silencio por fuera de la casa. Rápidamente otra y otra. Conté cuatro o cinco. Pensé: “La comitiva”. Y me contesté que no podía ser, pero mis temores se ratificaron a media mañana”.

La levantada fue temprano. Ahí se entregó como única novedad lo que “Alonso” había visto cerca de las 3.00 AM. Al mediodía ya estaba claro lo que había ocurrido. Esa madrugada había muerto el ex presidente Jorge Alessandri y Pinochet debió bajar a una hora desacostumbrada para asistir a los funerales. La operación debería postergarse para el siguiente fin de semana.

El problema que ahora se presentaba era la forma de mantener un grupo tan numeroso de personas sin levantar sospechas en los vecinos de la casa. Una ingeniosa estrategia no tardó en aparecer; “Nos anunciaron que al otro día saldríamos temprano, y que lleváramos cruces y biblias porque íbamos a convertirnos en Schoenstatianos. Los jefes nos citaron a las 7 de la tarde a las puertas del Pueblito del Parque O’Higgins”, dice “Alonso” pensando en la escena.

Efectivamente, ante el riesgo de mantener al contingente acuartelado en la Casa de Piedra, el “comandante Ernesto”, ante la propuesta de “Alejandro”, quien había sido seminarista de la congregación de Schoenstatt, decidió que a contar del lunes por la noche los fusileros serían un grupo de fervorosos aspirantes a religiosos ubicados en la Hostería Carrió, cercana a San Alfonso.

Las instrucciones fueron impartidas; deberían evacuar la casa por grupos, agachados en los vehículos, temprano en la mañana del día lunes 1 de septiembre. Volverían a Santiago por ropa deportiva acorde a un retiro espiritual y deberían traer una Biblia, crucifijos y póster religiosos. Se reencontrarían a las 19 horas en el paradero de los buses al Cajón del Maipo, en una de las entradas del Parque O’Higgins.

Puntualmente todos los combatientes volvieron a reunirse durante la tarde, cada uno con su Biblia y un bolso, en ese paradero. “Ramiro” y “Joaquín” los esperaban.

Cuando llegaron a la Hostería los esperaba el compañero-hermano “Jorge” con las reservaciones hechas. Se acomodaron de a dos por habitación y bajaron a comer. Ya en una larga mesa dispuesta para los jóvenes seminaristas y cuando algunos ya tenían el servicio en las manos, un fuerte carraspeo de “Alejandro”, que se encontraba de pie, llamó la atención de todos. Comenzó a hablar con voz solemne y pausada: “Hermanos, pongámonos de pie y demos gracias al Señor”. Todos se miraron, y se insinuaron algunas risas, pero al ver el recogimiento de “Alejandro” y al dueño de la Hostería que observaba atentamente ese cuadro, la habitación se lleno de una gran seriedad. Pese a ello constantemente los jefes debían llamar a los “seminaristas” al orden, sobre todo por el vocabulario que empleaban.

“Alonso” reconoce; “Muchos podrán pensar en la falta de respeto que cometíamos, pero a decir verdad nos compenetrábamos en nuestro papel, ya que de eso dependía la secretividad de la misión y lo hacíamos con un profundo respeto. Compartí habitación con Milton y nos pusimos a colgar los pósters que llevábamos cada uno en la cabecera. Esa noche fría en los faldeos cordilleranos nos hizo retroceder hasta la época de la Independencia. Era de nuevo Manuel Rodríguez, disfrazado de Franciscano, durmiendo cerca de la casa del tirano Marcó del Pont. Soñamos con los Húsares de la Muerte, tropa fiel de Manuel Rodríguez”.

La mañana del martes 2, a pesar de ser fría, trajo consigo un sol maravilloso. Luego del aseo personal el grupo bajo a desayunar. Nuevamente, “Alejandro” hizo dar gracias por el pan de cada día. La ceremonia fue mucho más expedita y más real que el día anterior. Ya todos habían asumido su papel. O al menos eso pensaban, ya que hubo un momento en que, a media mañana, los fusileros descubrieron que en el subsuelo de la Hostería había una mesa de pool. En un abrir y cerrar de ojos todos estaban en parejas jugando, y el lugar se llenó con humo de cigarrillos y fuertes risas. Por supuesto el lenguaje era acorde a una salón de pool. Transcurridas algunas mesas, dos de ellos subieron a buscar refrescos y cuando regresaron informaron que desde el primer piso se escuchaba todo y lo que menos se podía pensar era que allí hubiese seminaristas en retiro espiritual. Ahí se acabó el juego. “De allí en adelante salíamos al patio a tomar el sol y leer la Biblia, concientes de que cualquier pequeño error nos podía hacer fracasar en nuestra misión, ya que sabíamos que constantemente la CNI chequeaba los alrededores”, explica “Alonso”. Y no se equivocaba.

El día miércoles al mediodía -continúa “Alonso”- llegó una pareja a hospedarse. Almorzaron en una mesa contigua a la nuestra. Observaron nuestro ritual del almuerzo y posteriormente intentaron sonreír con nuestro juego de adivinar películas que realizamos en el patio de la Hostería. Cerca de la hora de once subí al baño del segundo piso y al salir me encontré a boca de jarro con el tipo que nos había estado observando. Muy amablemente me metió conversa. En la práctica me interrogaba. De qué grupo religioso éramos. Cuál era nuestra fe. Si nos había salido muy caro el hospedaje. Con toda la tranquilidad y seguridad que pude sacar respondí, también amablemente, a sus preguntas. Ahí me di cuenta de que manejaba bien la leyenda, para finalmente dejarlo invitado a nuestro Santuario del paradero 14 de Vicuña Mackenna, hacia la cordillera. El tipo entró al baño y bajé. Discretamente le informé a Ramiro”.

Por las dudas y como precaución la orden fue evacuar antes de lo previsto la Hostería. El jueves 4 por la mañana, “Ramiro” bajó a la casa de La Obra para preparar el regreso. Volvió a la hora de almuerzo. Deberían estar en Las Vertientes -unos kilómetros antes de la casa- a las 19 horas. Allí los esperarían dos vehículos. Debido a las protestas que se desarrollaban desde el día anterior José González, hijo del dueño de la Hostería, se ofreció a llevar al grupo hasta Las Vertientes. Allí fueron recogidos por César Bunster y llevados a la casa de La Obra.

“Alonso”; “Ya estábamos de nuevo al lado de nuestros fusiles, más convencidos aún, más grandes aún. La espera no había sido en vano. Sabíamos que lo que haríamos podía cambiar la historia de nuestro país y estábamos dispuestos a afrontar la responsabilidad. Escuchábamos las noticias del Paro. En algunas poblaciones se combatía fieramente y eso nos daba mayor coraje”.

Amaneció, vino el desayuno y alguno que otro juego para relajar los nervios. Se organizaron torneos de ping pong, “gallitos” ínter-grupos, y olimpíadas de ajedrez, mientras otros preparaban empanadas de horno. Sin dejar de estar alertas, la casa bullía de alegría silenciosa, mientras don Marcelino arreglaba los inmensos jardines, refunfuñando por la forma en que la “Señora” se lo había ordenado. “Tamara”, muy enérgica, lo controlaba cada cierto rato, con un gran dejo de pena interior, por lo que algunos le escuchaban decir: “Pobrecito, Marcelino”.

Esta no sería su única pena interna, pues la Dirección del FPMR había decidido que “Tamara” ya no combatiría físicamente con el resto, pues se le había encomendado responsabilizarse de todos los aseguramientos post “Operación Siglo XX”; comunicaciones, casas de seguridad, clínica en caso de heridos, documentación, etc. Disciplinadamente, pero muy a su pesar, le había entregado el mando del Grupo de Asalto Nº 2 a Julio Guerra Olivares, “Guido”.

Julio Guerra Olivares, “Guido”

Pero las anécdotas no paraban de sucederse. Uno de los combatientes recuerda; “El día sábado 6, don Marcelino tendría permiso dos días. Se alegró muchísimo y antes de irse hizo un amarre con nuestra Lili para ir al cine el domingo a la Vermouth. Más contento aún se fue. Eso para nosotros significaba un problema menos. De pronto, el teléfono. Tamara contesta, vuelve y nos dice que viene en camino Lorenzo, el dueño de la casa. Nos da las instrucciones, en caso de que él descubra algo nos veremos obligados a reducirlo y maniatarlo. Todo queda claro y nos concentramos en dos habitaciones. El resto estará todo abierto. La visita transcurre normal. En el living comparten un aperitivo, luego salen la “Señora” (Tamara), su marido (César) y Lorenzo. Se sientan al borde de la piscina a conversar. Tamara explica el por qué de la piscina seca. Señala la intención de pintarla, mientras nosotros debíamos luchar por aguantar la risa. El papel de joven matrimonio, el trato entre ellos, tan amorociento, no dejaba de causarnos risa, a pesar de que estábamos tensamente alertas. A medida de que transcurría el diálogo, la tensión bajaba, ya que todo dejaba ver que se iría pronto. Se le invita a almorzar – no lo queríamos creer – ya que vendrían más invitados. “No gracias. Los dejo solos para que atiendan a sus amigos”. ¡Uf’! ¡Que alivio, ya se fue!”.

Una nueva situación de tensión se vivió durante el almuerzo, cuando repentinamente el grupo de jefes irrumpió al unísono en cada habitación con un: “¡Ya viene!”. Solo tardaron dos minutos en tener todo listo y estar en perfecta formación esperando la orden de salida. Entró “Ernesto” y aclaró que todo había sido un simulacro y que podían continuar en calma. Pero el almuerzo ya no sabía lo mismo. La tarde continuó lenta y a las 19.00 se tuvo la certeza de que el domingo sería el día.

Ese domingo 7 de septiembre amaneció despejado, augurando la llegada de la primavera. Los combatientes apenas habían almorzado, pues el alto nivel de adrenalina les había inhibido el apetito. Desde ese momento solo restaba esperar. En unas pocas horas las vidas de todos ellos cambiarían para siempre. Ya nadie estaba para bromas. Todo era concentración. Todo estaba previsto. Cada combatiente conocía incluso el lugar físico en donde se ubicaría -había sido revisado la noche anterior en un pequeño paseo a la cuesta misma-, ya “Javier” había vuelto a ser “Javiera”, esta vez con mayor dedicación que la semana anterior. Todos los detalles se habían pulido casi hasta la perfección.

“Alonso” recuerda; “Jorge nos hizo salir y formarnos en el largo pasillo de la casa. Cada uno de los Jefes hizo lo mismo con sus grupos. Formamos una larga línea en posición firmes, y cada uno con su fusil en sus manos quedamos de frente a Ernesto y Tamara. El silencio se hizo y Tamara echó a andar una grabadora; “Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su futuro. Superarán otros hombres este momento gris y amargo”. Allende nos hablaba; ya no era el nudo en el estómago ni las lágrimas nublando nuestros ojos. ¡Mierda, Pinochet, hijo de puta! Cuánto dolor y sentí cómo nos corrían las lágrimas por nuestras mejillas. Apostamos firme nuestros fusiles contra nuestros pechos. Quisimos gritar ¡Milicos traidores!. Gritábamos en nuestros corazones y Ernesto, con emoción contenida: “Hermanos: somos esos otros hombres de los cuales habló Allende. Ya no es sólo el metal tranquilo de su voz sino también el metal de las nuestras. Si es preciso morir por terminar con el tirano, ¡Adelante! La historia cambiará y será ella la que sitúe la gesta de Allende y nuestra acción de Patria Nueva en el sitial de honor que corresponde”.

El sonido del teléfono cerca de las 18:15 cortó el aire de tensa espera en la Casa de Piedra. La ciudadana suiza Isabel Mayoraz alertaba al “comandante Ernesto” que la comitiva del general Pinochet pasaba por San José de Maipo en dirección a Santiago. Desde la ventana del segundo piso de la Hostería “Inesita” tuvo la vista perfecta para cerciorarse de que estaba en lo correcto. -¡Vamos!- gritó el comandante.

“Marcos al igual que otros agarró el bolso repleto con los fusiles, otro una bolsa de supermercado conteniendo granadas”, señala “Alonso”. “Tamara estaba en la puerta deseándonos suerte”.

“Mientras abordábamos los vehículos, pude ver a la Lily llevándose las ollas donde cocinó para nosotros durante esas semanas”, cuenta Fabiola. La vio alejarse junto a “Tamara”.“Las dos lloraban a moco tendido”, recuerda.

Hubo un tiempo preciso para tomar ubicaciones. “Ernesto” recalcó: “Dos motos, cinco autos, ya salió el grupo de Joaquín”. “Ramiro”, de mayor experiencia que “Alonso” le ofreció chicle y le preguntó cómo estaba. -Bien- atinó a decir.

El primer vehículo en salir de la parcela fue la camioneta Toyota Hilux del Grupo de Retaguardia, conducida por “Joaquín”, seguida por el jeep Land Cruiser conducido por “Alonso”, en que iba el grupo de asalto N° l y el “comandante Ernesto”. Luego el Nissan Bluebird beige, conducido por “Víctor”, del grupo de asalto N° 2 y finalmente el Peugeot Station con la casa rodante conducido por “Milton”, que haciendo un mal cálculo golpeó una hoja del portón, hasta que maniobrando pudo salir correctamente.

Por la mente de “Alonso” desfilaban las ideas; “Yo pensaba como todos: “Aquí vamos”. Me imaginaba cómo serían los famosos comandos, y recordaba al Tirano, su cara, y me concentraba aún más. Recordé los compromisos que habíamos hecho; si estas gravemente herido y puedes mantenerte, yo te saco, nadie de nosotros quedará ahí tirado con vida, no permitiremos que se ensañen con nuestros heridos. No olviden los pitazos de retirada. Del lugar mismo estábamos a menos de un minuto”.

“Fabiola”, la única mujer del grupo, viajaba en silencio; “Cuando uno espera algo que desea mucho, pero que de alguna manera no quiere que ocurra, porque sabe que en ello se le va la vida, se produce una contradicción compleja. Sólo el compromiso político-ideológico y la confianza en nosotros mismos, nos permitió superar esa contradicción. La tarde de aquel domingo, sabíamos que cuando llegáramos a ese lugar ya no habría vuelta atrás”.

“Alonso”; “Llegamos a la zona del Mirador y todos comenzaron a subir el cerro, cada uno con sus bolsos deportivos, a su posición establecida. Vire en U y vi venir a Milton junto a Javier-Javiera. Me saludaron. En la casa rodante iba Jorge con David. Mientras di la vuelta, vi que ambos se bajaron, Milton continuó y el resto de mis compañeros se perdieron en la ladera del cerro. Salí de la ruta, me bajé y subí al terraplén de una antigua línea férrea. Cerca había una iglesia evangélica en la que se podía oír que estaban en asamblea. Ya en nuestras posiciones Marcos fue dejando los fusiles de cada uno en fila y detrás de él otro compañero iba poniendo en el piso las granadas de mano que traía en la bolsa”.

La “Operación Siglo XX”, tendría su punto culmine aquella tarde de septiembre de 1986, en la cuesta Las Achupallas, en el Cajón del Maipo. Cuatro grupos de frentistas perfectamente distribuidos en las laderas de los cerros circundantes a la carretera se aprestaban a disparar sobre la comitiva de Augusto Pinochet.

El primer grupo denominado de “Contención y Choque”, tenia como misión bloquear el avance de la comitiva y estaba a cargo de Rodrigo Rodríguez Otero, “Jorge”, acompañado de Arnaldo Arenas Bejas, “Milton”, Héctor Maturana Urzúa, “Javier”, y Cristian Acevedo Mardones, “David”.

El segundo grupo era el “Grupo de Asalto Nº 1″, y su misión era disparar sobre la comitiva. Era comandado por Julio Guerra Olivares, “Guido”, secundado por Adriana Mendoza Candia, “Fabiola”, Lenin Peralta Véliz, “Oscar”, y otros dos frentistas; “Juan” y “Rodrigo”.

El tercer grupo también era de “Asalto”; estaba a cargo de Mauricio Hernández Norambuena, “Ramiro”, y lo conformaban además Jorge Angulo González, “Pedro”, Alexis Soto Pastrián, “Marcos”, y otro militante identificado solo como “Fabián”.

El último contingente se denominó “Grupo de Retaguardia” y estaba a cargo de Mauricio Arenas Bejas, “Joaquín”, secundado por Juan Ordenes Narváez, “Daniel”, Juan Moreno Ávila, “Sacha”, y un frentista de nombre político “Alejandro”.

El “comandante Ernesto” se ubicó unos metros sobre los dos grupos de asalto, portando un fusil M16, y un lanzacohetes Low, en tanto, los conductores de los vehículos; Víctor Díaz Caro, “Alonso”, y Héctor Figueroa Gómez, “Víctor”, actuarían en las inmediaciones del lugar.

“Fabiola”; “Cada combatiente tenía un fusil M-16 con varios cargadores, granadas caseras de amongelatina con abundantes esquirlas, además de lanzacohetes Low. Nos vestimos con ropa de calle y buzos encima para no ensuciarnos en el lugar. La idea -en el remoto caso que alguien sobreviviera- era romper el cerco y lograr la normalidad en las calles de Santiago. Partíamos de la base que la escolta de Pinochet, compuesta por fuerzas de élite ofrecería una resistencia férrea. Para sorpresa nuestra, todo fue muy diferente”.

“Javier”, quien se encontraba vestido de mujer, recuerda; “En mi disfraz improvisado guardaba mis cargadores de treinta tiros y mi fusil listo para comenzar. Mi misión era atacar la comitiva por la derecha, al lado del mirador, ya no había nervios, sólo quedaba enfrentar y asumir”.

A las 18.30 hrs. de esa tarde el grupo de “Contención”, “Retaguardia”, más los dos de asalto ya estaban en sus posiciones. “Alonso” se parapetó al igual que los demás miembros de los dos grupos de asalto; “De pronto abajo, a lo lejos se ven unas balizas, y pensé ¡Cresta la primera moto!. Tomamos posiciones. Víctor corre con su fusil SIG. Yo tengo mi M-16, apuntamos a la primera moto. Jorge se para en medio de la calle. Detrás de él Milton cruza la Peugeot con la casa rodante. Jorge apunta su LAW al primer vehículo escolta y su memoria auditiva registra un instante que la da la orden de apretar el disparador. Más de veinticinco M-16, manipulados a una sola orden. ¡¡¡Tac!!!, y Jorge solo frente al mundo con un lanzacohetes que no funciona, vuelve a apretar el disparador. Ya no hay tiempo. Milton y Javier lo cubren disparando sus fusiles. Yo tengo en la mira al primer motorista, pero no escuchaba los disparos. Ya casi frente a mi, ya yéndose, empiezo los tiros, apunto más adelante, yo disparo, él acelera, lo veo que zigzaguea, Víctor me grita que se le trabó el fusil. Corro un poco, apunto, disparo, son cuarenta o cincuenta metros y veo que el segundo motorista se sale de la ruta, entrando con moto y todo en un pequeño restaurante ubicado a un costado de la calle. Atrás todo es tiros y explosiones y nadie del enemigo combate”.

Infografía del atentado

El primer automóvil de la comitiva, un Chevrolet Opala conducido por el sargento Luis Córdova se detuvo con el chofer muerto en su interior. El Mercedes Benz donde viajaba Pinochet y que seguía al Opala inició el retroceso.

“Rodrigo”, integrante del segundo grupo de asalto, apuntó su fusil al vehículo que escapaba; “Cuando lo rafagueo, el tipo por la puerta lateral respondió, vacié el primer cargador y volvió a responder, obligándome a correrme un poco. De reojo podía ver algo como se desarrollaba el combate. Una de las cosas que más me extrañó fue ver a Ernesto y Ramiro disparando de pié, lo que me dio confianza para arrodillarme”, señala.

Uno de los cohetes, lanzado por “Ramiro” golpeó en el techo de otro vehículo y lo partió como un abrelatas. En tanto, el jefe de la escolta presidencial, Roberto Mc Lean, se arrojó hacia el precipicio, mientras las balas y las granadas caseras seguian cayendo como lluvia.

“Alonso” escribiría dos años más tarde; “Todos se desahogan. Se insulta a los “mejores” como nunca los habían insultado. Mientras toma su M-16, Milton ya se cansó de putearles la madre. Jorge los putea más aún y los conmina a rendirse. Desde arriba, un compañero nuestro cree que los escoltas nos hablan de rendición y grita “Nunca, maricón”. Se derrumban los Cobras, los Manchados, los cintas negras, los boinas de todos colores. Allí estábamos de igual a igual, nosotros, combatientes del pueblo, armados no sólo con fusiles sino con conciencia revolucionaria, y ellos, los profesionales de la guerra, los acostumbrados a torturar a chilenos desarmados, los buenos para apretar el gatillo siempre y cuando del otro lado no les apuntaran, cagados de miedo, y apendejados hasta lo último”.

“Javier” confirma; “De pronto mi jefe me grita “Javier!!, se están tirando por el barranco!!, corre a cubrir el flanco derecho!!!. Salté la baranda del mirador, caí en las zarzamoras, trepé por ellas tratando de hacer puntería en los soldados que se rajaban del combate. No vendrían de vuelta, eso era seguro pensé, así que volví a la carretera”.

Cuando esto ocurría, el grupo de Retaguardia abrió fuego contra un vehículo de carabineros que controlaba el flujo vehicular y que, al oír los primeros disparos, se dirigió hacia los hechos. Los dos carabineros quedaron heridos. “Joaquín”, líder del grupo de retaguardia, vio maniobrar al último vehículo de la comitiva y disparó su LAW. El cohete dio en el techo, a un costado del vehículo, sólo hundiendo el blindaje del Mercedes. El segundo cohete no salió.

Inmediatamente ordenó al resto del grupo bajar a la carretera y descargan sus fusiles sobre el vehículo. Le metieron algunas granadas que estallaron remeciéndolo apenas. Una de las detonaciones levantó a “Joaquín” haciéndolo caer sobre el Mercedes en el que viajaba Pinochet. Este golpeó a la camioneta del “Grupo de Retaguardia” que le cerraba el paso y girando en U logró escapar raudamente.

El automóvil de Pinochet enfiló desesperadamente de vuelta al Melocotón. El combate había terminado. A las 18.41 hrs. de esa tarde, el “comandante Ernesto” haciendo sonar un silbato, dio la señal que indicaba la retirada del grupo.

Fabiola; “Recuerdo el momento previo a la retirada cuando el comandante Ernesto nos ordenó no rematar a los escoltas heridos. Era un soldado con un profundo sentido del honor militar, incapaz de asesinar a alguien indefenso”.

La “Operación Siglo XX” costaría la vida de cuatro escoltas presidenciales, pero no conseguiría su objetivo principal: acabar con la vida de Pinochet, quien milagrosamente escaparía ileso.

“Alonso”; “Hasta ese momento solo el grupo de Joaquín sabía que un vehículo se había ido. Todos los demás creíamos haber cumplido con éxito la misión. Subimos todos a los vehículos y salimos en caravana”.

EL ATENTADO A PINOCHET, (SEGUNDA PARTE)

El escape, según la reconstitución de los hechos

Los frentistas, simulando ser agentes de la CNI que evacuaban heridos y ayudados por la ineficiencia de los controles policiales, lograron escapar rumbo a Santiago sin ninguna baja en sus filas.

Sobre la huida, “Alonso” describe; “Pusimos balizas sobre el techo, una sirena policial y los fusiles con sus cañones afuera. Los minutos eran eternos. Tres, cuatro, cinco o seis, no recuerdo. Íbamos a ciento cuarenta, o ciento cincuenta kilómetros por hora. Nos aproximamos al Retén de Las Vizcachas, a sabiendas de que el primer motorista ya los había alertado. Cada uno de nosotros, conciente del nuevo combate que se nos venía, como podía recargaba sus armas. Los pacos tenían la barrera metálica atravesada en el camino y vestidos con casco de acero, chalecos antibalas, y con sacos de arena formando trincheras. Pude ver al motorista que se pasó. De repente un paco corrió y levantaron la barrera, nos saludaron, y pasamos a toda velocidad. No lo queríamos creer. El engaño funcionó. En el camino nos cruzamos con los radiopatrullas, los autos de la CNI, del GOPE, y algunos se detenían, obligados, a la vera del camino para abrirnos paso. Nosotros seguíamos contando kilómetros y vehículos con sirena, eran más de treinta. Había que salir de ese camino y sólo se podía por una calle de tierra que daba al 24 o 25 de Vicuña Mackenna. Entré a toda velocidad a una bencinera ubicada allí, buscando la salida a la calle lateral, por donde habían doblado mis compañeros. Al cabo de unos minutos ya estacionaba la camioneta en el 25 de Vicuña. Todos se bajaron. Ramiro se quedó conmigo, al último. Cerramos y saqué la Biblia con un póster de Jesucristo que me había acompañado durante la semana. De ahí nos fuimos rumbo a nuestras casas. Demás está decir lo que sentimos esa noche, al ver al tirano por televisión”.

Pinochet minutos después del ataque

Una Nueva Falla

La emisión normal de TVN fue interrumpida. Por breves segundos salió al aire un insólito mensaje que no fue entendido por la mayoría de los chilenos, que al anochecer seguían impactados los pormenores de lo ocurrido aquel domingo 7 de septiembre de 1986.

-Cítase al club deportivo Papillón a su sede- repitió una voz en off en dos ocasiones consecutivas.

El llamado fue comprendido por los temidos comandos “Cobra” del ejército, quienes rompieron sus rutinas y se trasladaron de cualquier forma hasta la residencia presidencial del Melocotón. Eran aproximadamente las 19 hrs. y Augusto Pinochet estaba inquieto tratando de explicarse lo que había pasado 20 minutos antes.

En España, el folclorista chileno Patricio Manns daba a conocer lo sucedido a las agencias internacionales de noticias. Actuando como vocero del FPMR informó que ese movimiento había atentado contra el entonces Comandante en Jefe del Ejército con el fin de darle muerte.

Entretanto los autores de la emboscada descendían velozmente hacia Santiago. Viajaban a bordo de vehículos semejantes a los que usaban las fuerzas de seguridad, con balizas en movimiento, y las armas en ristre. Por ello habían logrado hábilmente burlar las barreras de seguridad y escapar. Llegando a La Florida, cambiaron las ropas, ocultaron los fusiles y uno a uno fueron descendiendo de los vehículos en fuga para dirigirse a casas de seguridad previamente establecidas. La “Operación Siglo XX”, cuidadosamente urdida por la cúpula del FPMR, había fracasado.

Esa tarde, casi la totalidad de la Dirección Nacional del FPMR se encontraba acuartelada en una casa cercana a avenida Cristóbal Colón con Manquehue, en plena comuna de Las Condes. La mayoría de los dirigentes reunidos allí nada sabían de la operación del Cajón del Maipo. Sabían que algo importante estaba en marcha, por algo estaban ahí, pero pocos conocían la razón exacta. “José Miguel”, su líder máximo, había optado por restringir el secreto para evitar filtraciones.

El misterio comenzó a develarse cerca de las ocho de la noche, cuando un extra de Televisión Nacional interrumpió la transmisión habitual para dar la noticia. Pinochet y su comitiva habían sido víctimas de un “ataque terrorista”.

Luego de conocido el desenlace, en esa casa de acuartelamiento el ambiente era lo más parecido a un funeral, como relataría un testigo. José Miguel apenas hablaba, Daniel Huerta, Arturo, Aurelio, Benito y otros comandantes comentaban entre ellos lo sucedido. Solo Aureliano, conocido por todos como “Bigote” se atrevió a maldecir en voz alta. Estaba furioso, sobre todo al momento en que Pinochet apareció en televisión desmintiendo su muerte.

Conchadesumadre, yo debí haber estado ahí, a mi el viejo no se me escapa, gritó Bigote frente a la imagen de Pinochet .

En Harare, Zimbabwe, Fidel Castro finalizaba su participación en la XIII Cumbre de Países No Alineados. De regreso a Cuba, hizo una corta escala en Belgrado, Yugoslavia. El escritor cubano Norberto Fuentes, quien viajaba con el comandante en jefe, recuerda que el día 8 la comitiva se hospedaba en una elegante residencia oficial; “Fidel estaba en el segundo piso, conversando con el viceministro Pascual Martínez. Se abrió la puerta y entró el ministro José Abrantes, quien se acercó y le dijo: ‘Comandante, falló la emboscada a Pinochet’. Fidel lo escuchó en silencio y rápidamente se levantó, para ir con Abrantes a un despacho vecino”.

Por entonces miembro del entorno más cercano de Castro, Norberto Fuentes afirma que en los días previos a esa escena Castro “estaba obsesionado con matar a Pinochet. Lo repetía y repetía sin parar. Era un tema que se conversaba mucho en los círculos de inteligencia cubanos”.

Ahora, durante esa estancia en Belgrado, el hombre más poderoso de Cuba acababa de enterarse que el FPMR no había logrado acabar con Pinochet, pese a que La Habana había apoyado el plan con armas y entrenamiento, además de llevar un fino registro de la preparación de la emboscada.

Rápidamente, la indignación cundió en el gobierno de la isla y en sus organismos de seguridad, donde todas las críticas apuntaron a la “incompetencia” con que se hizo la emboscada de aniquilamiento contra “el tirano chileno”. Una apreciación que varios frentistas tuvieron que aceptar.

A juicio de Lázaro Betancourt, el mejor ejemplo de la molestia por el fracaso del atentado es que, luego de ocurrido, no volvió a ver chilenos en los centros guerrilleros cubanos. “A contar de 1987 desaparecieron”, cuenta. Y agrega; “Inexplicablemente, a ultimo momento usaron cohetes Low norteamericanos, pese a que disponían de lanzacohetes rusos RPG7, con los cuales habían realizado todo el entrenamiento, los que habrían destrozado el auto de Pinochet. Lo peor es que los RPG7 fueron encontrados intactos por la represión chilena escondidos en cuevas. El otro error de los chilenos fue empezar el atentado con fusilería y rematarlo con explosivos, cuando debió haber sido al revés”.

La CIA coincide en la apreciación de Betancourt. En un informe desclasificado de abril de 1988 se consigna: “El intento de asesinato a Pinochet fracasó porque muchos de los miembros del FPMR que participaron en el ataque usaban por primera vez los fusiles M-16. Otra razón del fracaso es que se utilizaron fusiles como primera fuerza de ataque, en vez de explosivos y lanzacohetes”.

Los cubanos no olvidarían la derrota del FPMR. En 1996, durante un curso de explosivos en la base Punto Cero los instructores cubanos mostraron un video sobre el atentado a Pinochet, como parte del curso. Entre los asistentes estaba Lázaro Betancourt. “Lo mostraban como el mejor ejemplo de un atentado mal hecho”, relata el ex oficial cubano. La cinta incluía una edición de los especiales de prensa realizados en Chile sobre el tema.

La fallida emboscada también produciría profundas molestias dentro de los altos mandos del PC chileno. Luis Corvalán escribió años más tarde; “La posibilidad de que no explotaran dos de los cuatro cohetes es cosa que debía haber entrado en los cálculos. No se tuvo en cuenta que eso pudiera acontecer. Más aún, no se previó la vuelta en 180 grados que hizo el chofer del vehículo de Pinochet y, por lo mismo, no se cubrió la retirada, no se apostó gente para salirle al paso cuando regresaba a El Melocotón. Esto quiere decir que la jefatura militar no estuvo plenamente a la altura de la empresa que acometía. Con todo, la responsabilidad principal está en la dirección política. En primer y último término, en dicha dirección todo debió preverse. Ello exigía de su parte conocimientos militares de los cuales carecía”.

José Valenzuela Levi, el hombre a cargo de la emboscada en el Cajón del Maipo, era uno de los más preparados combatientes del FPMR entrenados en Cuba. Por eso, hasta hoy algunos ex compañeros de armas se preguntan cómo pudieron cometerse tantos errores durante la operación, como desobedecer la orden expresa del PC de que militantes sin formación militar no participaran. “Se invitó a gente que no debía haber estado”, señala un ex dirigente comunista.

Un ex frentista que se formó con Valenzuela Levi en la Escuela Militar de Bulgaria afirma que la negligencia fue de un equipo de apoyo que no entregó los RPG-7 en estado operativo para la emboscada. El LAW era más moderno, pero requería una más prolija mantención que el RPG-7. Unido al mal cálculo de las ojivas necesarias para batir con seguridad un objetivo, el mal estado de los LAW hizo que un impacto directo al coche de Pinochet no explotara.

Hubo también una deficiente planificación para bloquear la huida del vehículo presidencial, lo que incluso sorprendió a Pinochet: en su retirada, el general se persignó antes de cruzar cada uno de los tres puentes que lo separaban de El Melocotón. “No podía creer que un atentado de esa magnitud no hubiese estado preparado con todo, es decir, con la posibilidad de que retrocediera y, por tanto, que hubiese gente esperándolo para rematarlo, o que hiciera detonar una bomba”, contó en 1992 un amigo del ex gobernante a la revista Qué Pasa.

Según un ex fusilero frentista, Valenzuela Levi había planificado minar con explosivo plástico T4 -de origen checo- uno de los puentes, que sería accionado a distancia en caso de que Pinochet huyera. “Pero las cargas no se pusieron por falta de tiempo”. De haber sido así, el auto presidencial literalmente habría volado por los aires.

Según el Fiscal Fernando Torres Silva, quien investigó el caso, hubieron muchos aspectos difíciles de creer: “Él (Pinochet) pensó que ahí moría y como tal su intento fue bajarse del vehículo, lo que habría sido fatal. Con lo que no contaron, quienes intentaron matarlo, primero fue con la resistencia de los vehículos. Porque quienes participaron en el atentado y a los cuales interrogué por cientos de horas, me decían ya en un tono de confianza: “Si hasta nos reíamos. Era como en las películas. Uno le disparaba y parecía que las balas no salían”. Les disparaban a los neumáticos, y salían las balas para todos lados. Se preguntaban ¿Qué pasa con estos vehículos o qué pasa con las balas?. Ese cohete LAW que le da en el auto a mi general y que no explota, es increíble. Se triza el vidrio y lo milagroso es que no explotó. Ahora, los técnicos dicen: esto no es milagro, sino que se disparó muy de cerca y no alcanzó a armarse el mecanismo interno”.

El propio Pinochet también recordó, años más tarde, detalles del atentado; “Yo lo vi cuando me disparó a un metro veinte… un metro y medio… salió un señor de una camioneta con un fusil M-16 y me apuntó. Le vi la cara. Un tipo sudoroso, de pelo corto”.Dijo que una vez que el fusilero le apuntó “me disparó con mala suerte para él y buena para mí… porque luego del primer tiro se le viró el fusil, porque en esos fusiles hay que poner la mano encima para que no se levante mucho”.

Pinochet dijo tener grabados en su memoria los sucesos ocurridos el 86, y añadió que el frentista disparó un tiro y la ráfaga se fue hacia arriba, solamente perforó un vidrio. Luego recordó que su vehículo dio marcha atrás y logró escapar del fuego cruzado que tres grupos de frentistas disparaban sobre él.

Para Pedro Arrieta, edecán de Pinochet; “El rol del chofer del vehículo fue vital. El era un muchacho joven, era primera vez que manejaba para el general Pinochet y actuó con una sangre fría extraordinaria”. El conductor aludido era el cabo segundo Oscar Carvajal Núñez quien marcha atrás y en un espacio reducido, flanqueado por fuego cruzado, logró zafarse del ataque de los frentistas. El ex edecán no dudo en decir que “el general Pinochet está vivo gracias al chofer, a todo el aparataje de escoltas que dieron sus vidas y que permitieron el retroceso del vehículo”.

Reaparece El Fiscal

Inmediatamente después del atentado, en Santiago se decretó estado de sitio y toque de queda. Decenas de personas fueron detenidas por la CNI, entre ellos numerosos dirigentes políticos y sociales. La investigación comenzó de inmediato y estuvo a cargo nuevamente del fiscal militar Fernando Torres Silva, quien luego de investigar el asalto a la Panadería Lautaro y la internación de armas de Carrizal Bajo se había convertido en un experto analista del FPMR.

Fiscal Fernando Torres Silva

Las distintas ramas de la policía también se volcaron inmediatamente a la búsqueda de los autores de la emboscada. Los detectives del grupo “Jaguar” ya tenían, por lo menos desde un año antes, algunos datos de importantes miembros del FPMR, labor a la cual se sumó en 1986 el aporte de la Brigada Investigadora de Asaltos (BIA).

Uno de los principales logros de los hombres de “Jaguar” había sido identificar y captar en imágenes a Cecilia Magni Camino, la “comandante Tamara”, implicada hasta ese momento en atentados explosivos a torres de alta tensión. También la casa cuartel del FPMR en La Obra no tardó en ser detectada y se procedió inmediatamente a la toma de huellas dactilares y recolección de evidencias.

Luego de un par de días de ocurridos los hechos, la investigación derivó en la identificación de la persona que había arrendado el inmueble de La Obra, pues este había realizado los trámites con su verdadera identidad. Su nombre era César Bunster Ariztía. Lamentablemente para la policía, en ese momento Bunster ya se encontraba fuera del país.

A pesar de ello, la confirmación oficial de la participación de Bunster en la operación vino de Italia, solo diez días después del atentado, y dio la vuelta al mundo en los teletipos de las agencias internacionales. Se trataba de la primera entrevista concedida a un medio de prensa por uno de los frentistas que reconocía su participación en los hechos.

Publicada el 17 de septiembre por el Corriere Della Sera, el entrevistado no dio su nombre, pero sí sus señas: era hijo -dijo- de un destacado político del gobierno de la Unidad Popular que había sido criado en el exilio. Eso y los contratos que firmó en Chile bastaron para que los servicios de inteligencia confirmaran que el entrevistado no era otro que el propio Bunster.

César Bunster Ariztía

Paralelamente en Santiago, la luz que permitió acelerar las diligencias sólo se produjo a casi dos meses de ocurridos los hechos. Hasta mediados de octubre, los agentes del laboratorio de criminalística de investigaciones ya habían revisado más de un millón de impresiones dactilares sin resultados positivos. Solo faltaba revisar los archivos de la CNI. Luego de arduas negociaciones los detectives obtuvieron la autorización, sin dar mayores datos a los agentes de ese servicio de seguridad.

Dentro de estos archivos los detectives encontraron finalmente una huella que coincidía con las encontradas en una botella de Coca Cola en la casa de La Obra. Fue así como a 43 días de ocurrido el atentado los agentes se encontraron en poder de la identidad de uno de los participantes directos del ataque; Juan Moreno Ávila, “Sacha”.

En la noche del 21 de octubre de 1986, “Sacha” fue detenido en una casa que arrendaba en la comuna de Maipú. Al ser interrogado y duramente tratado en dependencias de la BIA no tardó en reconocer su participación en la “Operación Siglo XX”. Sus confesiones llevaron a primeras horas del día siguiente a la detención de sus compañeros Lenin Peralta Véliz, Jorge Angulo González, Arnaldo Arenas Bejas y Víctor Díaz Caro, cuando estos se aprontaban a realizar trabajos de acondicionamiento físico en los alrededores del Parque O’Higgins. Sus extensas declaraciones extrajudiciales ante el fiscal Torres Silva confirmaron lo que la policía buscaba; habían participado en el atentado como combatientes del FPMR.

-“Sabe porque fue detenido?”, -“Por el atentado al tirano”, -“Quién es el tirano?”, -“Pinochet es el tirano”, declaró escuetamente “Sacha” ante el tribunal.

Juan Moreno Ávila, “Sacha”, el primer detenido en el caso

Víctor Díaz Caro durante la reconstitución del atentado

En noviembre de ese año también fueron aprendidos Marcial Moraga Contreras, quien trabajaba en el grupo encargado de mantener el armamento y más tarde su jefe directo, el dibujante técnico Vasily Carrillo Nova, “Matías”. En el caso de este último la detención se produjo en medio de un violento forcejeo, ya que Carrillo al verse cercado ofreció tenaz resistencia, debiendo ser esposado de pies y manos por los agentes.

Vasily Carrillo, jefe de armamento del FPMR

A finales de 1986 también fue detenida casi la totalidad de la unidad médica que había montado una clínica clandestina para atender a los rodriguistas que pudieran resultar heridos en la operación. La unidad estaba a cargo del médico Manuel Ubilla Espinoza, conocido como el “comandante Marcelo”, el frentista de mayor rango detenido hasta esa fecha.

Aunque muchos de los combatientes que habían participado de la “Operación Siglo XX” ya habían abandonado el país, pasados cinco meses y medio caería un sexto participante directo, esta vez por obra de la CNI.

Fue en la noche del 19 de febrero de 1987, en la comuna de La Florida, cuando Mauricio Arenas Bejas, “Joaquín”, advirtió que lo estaban siguiendo. Viajaba como pasajero de un taxi, cuando el vehículo se vio interceptado por los agentes, quienes cruzando sus vehículos lo conminaron a bajar. Este lo hizo disparando la pistola Colt que portaba, en una acción abiertamente suicida.

Las ráfagas de los agentes le fracturaron ambas piernas, y una de ellas se alojó incluso en su cabeza, siendo reducido luego de un tiroteo que se extendió durante casi una hora. “Joaquín” sobrevivió milagrosamente.

No hubo novedades en el proceso hasta dos años y medio después de ser iniciado. Héctor Maturana Urzúa, “Javier”, y Juan Andrés Ordenes, “Daniel”, habían regresado solo hace un par de meses a Chile para reintegrarse al Frente. Estaban en Talca esa mañana del 11 de abril de 1989, cuando decidieron divertirse un momento en un local de juegos electrónicos. Por azarosa coincidencia, en el local los frentistas fueron controlados por tres carabineros de civil, produciéndose un enfrentamiento que terminó con la muerte del subteniente Juan Carlos Amar. Luego del escape, “Javier” fue reducido cuando abordaba un taxi en el centro de la ciudad, en tanto “Daniel”, luego de una hora de desesperada huida, fue alcanzado por carabineros en un camino rural de la localidad de Itahue. Ambos habían enfrentado temerariamente a las fuerzas de seguridad, resultando con lesiones de de diversa consideración.

Enfrentados al fiscal Torres Silva, ambos reconocieron su participación en el “intento de tiranicidio”, como ellos lo denominaron.

Juan Ordenes Narváez o “Daniel”

Muchos de estos frentistas -que llegaron a enfrentar incluso la pena de muerte- escaparon de prisión el 29 de enero de 1990, en la denominada “Operación Éxito”, dejando inconcluso el proceso judicial que el fiscal Torres Silva, en vista de la falta de nuevas evidencias, debió cerrar a fines de ese mismo año.

 

Frentistas detenidos participan en la reconstitución

Los Fusileros

Tras el fallido atentado a Pinochet, la CNI y los organismos policiales iniciaron una infructuosa cacería para encontrar a los 21 fusileros del FPMR que participaron en la llamada “Operación Siglo XX”. Sólo el 22 de octubre, Investigaciones detuvo a Juan Moreno Ávila, “Sacha”, fusilero del grupo de contención. Pero la captura de “Sacha” les habría parecido insignificante de haber sabido que el sábado 20 de septiembre, 11 de los 21 chilenos más buscados del país se reunieron en la parrillada “Don Lalo”, ubicada en Irarrázaval con Campos de Deportes. Hasta el restaurante ñuñoíno los fusileros habían sido convocados por “Tamara”, y el “comandante Ernesto”. Los asistentes a la cita escuchaban atentamente las palabras de la joven rubia: “La orden es salir de Chile”.

El anuncio de “Tamara” no sorprendió a los presentes entre los que se encontraban “Rodrigo”, “Juan” y “Fabián”. Otros, como Juan Moreno Ávila, manifestaron su deseo de quedarse. “Puedo dar más acá”, explicó “Sacha”, sin saber que los peritos policiales ya habían identificado una de sus huellas dactilares en la casa de La Obra. Un mes más tarde fue apresado y bajo fuertes apremios debió confesar la rutina de algunos de sus compañeros del atentado.

Muchos de los que oían a “Tamara” en la parrillada no superaban los 21 años, entonces la mayoría de edad legal. Compungido, uno de ellos le dijo a Mauricio Hernández Norambuena, “Ramiro”, su jefe en la Unidad 503 en la emboscada: “Soy menor de edad y mis viejos ni cagando me darán permiso”. “Rodrigo” recién tenía 18 años y estudiaba Historia en el Pedagógico. “Eso lo solucionamos”, lo tranquilizó “Ramiro” riendo. Su familia no volvería a saber de él hasta mediados de 1989.

Tras concertar futuros encuentros con cada fusilero y darles instrucciones para obtener documentación falsa, “Tamara” dio por finalizada la asamblea con una breve frase, asegura Héctor Maturana o “Javier”, uno de los fusileros: “Aunque quieran desarmarnos, no lo lograrán”.

“Entonces no comprendimos el alcance de sus palabras. Pero cuando los problemas con el Partido se agudizaron volvimos a recordarlas”, dice Maturana, residente en Bélgica desde 1994, cuando le fue conmutada la pena de presidio perpetuo por extrañamiento.

Los jóvenes desconocían que tras la fallida emboscada, la dirección del PC evaluó con preocupación la “autonomía” con que operaba el Frente y decidieron intervenir la organización armada porque sentían que se les escapaba de las manos. En los días siguientes, los ocho fusileros que debían salir del país fueron llevados a una casa del FPMR en La Reina Alta, donde les proveyeron de documentación falsa y se encontraron con “Tamara”, quien les dio dinero y las rutas de salida. La mayoría partió a Argentina en parejas por el paso Puyehue en Osorno. El resto cruzó la cordillera por el paso Los Libertadores.

A “Rodrigo” -quien actuó en el atentado con esa chapa y jamás fue identificado en la investigación del fiscal Torres- y Héctor Maturana les tocó hacerse pasar por estudiantes que iban a conocer Bariloche. Vestidos a la moda, con zapatillas Ocean Pacific, jeans Wrangler y camisas amasadas, compraron una cámara fotográfica para acentuar el “look” universitario.

En la frontera con Argentina bajaron del bus junto a los demás pasajeros. Mientras esperaban que el resto pasara por Aduana, observaron a un carabinero del retén fronterizo y se les ocurrió una idea: - Oye, ¿te querís sacar una foto con ese paco? -dijo “Rodrigo” entusiasmado. - ¡Ya! -respondió Maturana observando a un efectivo policial. -Capitán, ¡sáquese una fotito con mi compadre! De lo contrario, ningún amigo nos va a creer que fuimos a Argentina. El carabinero aceptó la propuesta arreglándose el uniforme. Nunca se enteró cuán cerca estuvo de los hombres que emboscaron a Pinochet.

La audaz foto de Maturana Urzúa

El 30 de septiembre, la totalidad de los fusileros ya estaba en Buenos Aires, alojados en los hoteles Alfa y Callao, en el centro de la ciudad.

Allí se reunieron con una militante del Frente, quien les entregó pasaportes chilenos con identidades falsas y les dijo que partirían a Moscú. Además, les dio distintas sumas de dinero para el encargado financiero de la dirección del PC chileno en la Unión Soviética. “Fabián” recuerda que la mujer le dijo: “Cuando estén en Moscú lo más probable es que hablen con gente del Comité Central. Les pido encarecidamente que digan que son de la Jota y no del Frente”. Era otra señal de que los problemas entre el PC y los comandantes del FPMR aumentaban.

A fines de octubre, los fusileros viajaron rumbo a Moscú por separado vía Madrid, Roma y Frankfurt. En las escalas que debieron efectuar en Europa se enteraron por los diarios de la detención de sus compañeros en Chile.

Finalmente llegaron a Moscú y se hospedaron en el Hotel Oktober, que pertenecía al Estado y estaba destinado a las “visitas no oficiales”, miembros de movimientos guerrilleros de África, Centroamérica y Latinoamérica que debían mantener su estadía en la URSS en el anonimato. Los encargados de atenderlos interrogaron a algunos de los frentistas sobre la Operación Siglo XX. “Se mostraban especialmente interesados en saber por qué habían fallado los cohetes Low”, asegura “Juan”, miembro de la Unidad 502. En sus breves estadías en el Oktober, los fusileros se reunieron con Hugo Fazio, hombre de confianza de la dirección exterior del PC en Moscú, ligado a su estructura financiera. Según cuatro fusileros, Fazio recibió de sus manos el dinero traído desde Argentina.

“Rodrigo” fue el último en pisar suelo moscovita, a mediados de noviembre. Tras salir de Argentina viajó a La Habana, donde se alojó en un departamento de protocolo en calle Ayistarán, cerca del Estadio Latinoamericano, junto a César Bunster. Durante su permanencia en La Habana, el joven se reunió con dos comandantes del FPMR: “Juan Carlos” y “Roberto Torres” (Enrique Villanueva Molina) en el Hotel Tritón. Lo interrogaron por un día completo sobre el atentado y registraron la conversación en una grabadora.

Una vez en Moscú fue recibido por Volodia Teitelboim, al igual que otro fusilero y un ex militante comunista, aseguran. Algo que Teitelboim ha desmentido hasta el día de hoy. Recién a la mañana siguiente, “Rodrigo” llegó al Hotel Oktober. Allí se enteró que sus compañeros habían sido enviados a Vietnam. Él también debía partir.

Si en el atentado al general Pinochet los ocho fusileros recibieron su bautismo de fuego, en Vietnam se graduaron como expertos en técnicas que desconocían. Bajo la atenta mirada del mayor Luong, un veterano de la guerra con Francia y Estados Unidos, los fusileros, junto a 12 militantes del PC, recibieron una férrea instrucción militar durante ocho meses en una mansión de Hanoi. La casa, ubicada en el centro de la ciudad, estaba acondicionada como Escuela de Tropas Especiales, las fuerzas de elite del Ejército Popular vietnamita. En ese lugar, los 20 cadetes cumplieron un duro régimen que partía cada mañana con clases teóricas y seguían después de almuerzo en un polígono en las afueras de la ciudad con prácticas de tiro y defensa personal, entre otras cosas. Aunque no se les otorgaban grados, por ser una escuela clandestina, los jóvenes se graduaban con casi la misma preparación de un subteniente o jefe de pelotón, aseguran varios de ellos.

Desde el principio hubo roces entre los fusileros y los miembros del PC y la Jota. Para los primeros, que venían de atentar contra Pinochet, y se encontraban en un punto de no retorno, recuerda “Fabián”, muchas de las formalidades de los comunistas, como tener reuniones de células para discutir la situación política del país, no tenían sentido, estando lejos con un régimen tan estricto. Mientras estuvieron en Vietnam, los cadetes fueron visitados en dos ocasiones por Jorge Montes. Al ex miembro del Comité Central del PC, fallecido hace cuatro años, le tocó escuchar las quejas de ambos bandos y mediar entre ellos. En su segunda inspección les informó para qué se estaban preparando. El grupo de fusileros debía partir a Nicaragua vía La Habana, y el resto a Chile.

En La Habana, “Fabián”, “Javier”, “Alejandro” y “Daniel” fueron destinados a un curso para francotiradores en Punto Cero. En tanto, “Juan”, “Rodrigo”, “Marcos”, “David” y un quinto frentista fueron enviados a Managua como asesores militares de los Batallones de Lucha Irregular (BLI) del Ejército sandinista. El objetivo era que los fusileros ganaran experiencia combativa para cuando les tocara regresar al país. Eran parte de una generación de chilenos internacionalistas del Frente, el PC y el PS que combatieron a la Contra. En esa tarea murieron 20 chilenos.

Llevaban varios meses en Nicaragua cuando recibieron la visita de “Manuel”, encargado del FPMR en Nicaragua. Les habló del quiebre entre el Frente y el PC y les aseguró que había un grupo de “cabezas de pistola” que estaban tratando de separarse del partido.“La noticia nos impactó. Justo ahora que los niveles de lucha supuestamente habían ascendido, nos íbamos a dividir”, cuenta “Rodrigo”.

Tres meses después fueron evacuados a Managua y de ahí a La Habana. Antes de irse, “Rodrigo” recibió una llamada de “Rafael”, superior suyo del Frente en Nicaragua: “Los están engrupiendo”, le dijo, y agregó que era la mayoría de la dirección del FPMR la que encabezaba la separación del PC.

“Después de la llamada de ‘Rafael’ se sucedió otra. Era César Quiroz, quien me citó a una reunión”. Quiroz llegó al encuentro acompañado de Hugo Fazio y del “comandante Daniel Huerta”, miembro de la dirección del FPMR. “Huerta” era en verdad, según aseguran seis ex frentistas consultados, Martín Pascual, actual investigador del Instituto Cenda.

La reunión versó sobre la división y alcanzó momentos de alta tensión. Sobre todo cuando uno de los fusileros preguntó cuándo volverían a Chile. “Fazio contestó que nuestro tema era complejo y que él calculaba que en unos cinco años más”, dice “Rodrigo”. “Discutimos fuertemente. Nos dijeron que ‘Salvador’, ‘José Miguel’ y otros comandantes siempre tuvieron actitudes divisionistas. Nosotros preguntábamos cómo podía ser, si ellos se habían jugado el pellejo por el partido”. “Fabián” evoca la conversación con Quiroz: “Nos tiró el speach de que si nos íbamos con las armas sólo nos quedaríamos en eso”.

El tirante encuentro finalizó con la decisión de los fusileros de quedarse en el Frente Autónomo. En adelante serían tratados como disidentes y recibirían la visita de César Bunster, quien intentó convencerlos de regresar al seno del PC. Pese a que en un primer momento de la pugna interna, Bunster había optado por el Frente Autónomo, dice Maturana: “Estando todavía en Punto Cero nos fue a ver para decirnos que nos quedáramos en el Frente y no con los viejos”.

Tras la división, los fusileros regresaron a La Habana. Alojaron en una residencia del Frente, donde se reunieron con Juan Gutiérrez Fischmann, “El Chele”, y otros comandantes que preparaban el regreso a Chile. Sólo uno de los fusileros, Cristian Acevedo Mardones, “David”, decidió permanecer en el PC.

A fines del año ’87, Fidel ya había reconocido al Frente Autónomo como organización. A mediados de diciembre llegó “Ramiro”, después de participar en el secuestro del coronel Carlos Carreño, liberado en Brasil. Traía noticias frescas de cómo se había vivido la división en Chile y fotos de Carreño prisionero. A contar de los últimos días de ese año, los fusileros iniciaron el retorno a Chile en oleadas, entrando clandestinamente al país por Argentina.

Ya en Chile, en el marco de la política de Guerra Patriótica Nacional (GPN), instaurada por el FPMR Autónomo en 1988, algunos de los fusileros participarían en operaciones de envergadura, como el asalto al retén Los Queñes en octubre de 1988. Otros fueron detenidos y condenados al exilio luego de la asunción a la presidencia de Patricio Aylwin.

Los fusileros en la cárcel pública

Uno de ellos, Héctor Maturana, reconoció hace un tiempo desde su exilio en Bélgica; “De los que participamos en el atentado creo que los que estamos “legalmente” en Europa somos 4 ó 5 y los no legales serán 2 ó 3, pero no son públicos, porque nunca fueron detectados”.

Lo Que Sabía La CIA

Los documentos desclasificados recientemente por Estados Unidos entregan nuevos y sorprendentes detalles sobre el atentado a Augusto Pinochet. Según estos informes, el FPMR habría obtenido información de oficiales militares activos para llevar a cabo la emboscada.

Un documento de la CIA fechado el 18 de noviembre de 1986 dice: “El FPMR utilizó información entregada por oficiales militares activos cercanos a Pinochet para planificar y coordinar el ataque. Existían varios escenarios para asesinar a Pinochet, incluyendo uno al estilo ‘Sadat’, que se llevaría a cabo durante la tradicional parada militar el 18 de septiembre. Este habría sido desechado por la gran cantidad de gente, incluyendo a miembros del FPMR, que podrían haber muertos”.

El 15 de agosto de 1987 la oficina de la CIA en Chile envió un informe secreto al cuartel general de ese organismo, en EE.UU. El documento daba cuenta de las informaciones entregadas por uno de sus agentes sobre las verdaderas causas del crimen del sargento Leopoldo Toloza Sepúlveda.

Según la versión oficial, éste fue asesinado por un miembro del FPMR detenido poco después del hecho. Sin embargo, según la CIA, los verdaderos responsables de su muerte fueron agentes de seguridad del régimen militar. Esto porque la CNI y la inteligencia militar descubrieron que Toloza, de acuerdo con el agente, era informante del FPMR y habría colaborado en el atentado frustrado contra Pinochet.

Las primeras sospechas sobre su vinculación al grupo extremista surgieron luego de que se determinara que el mismo día del atentado Toloza descendió de uno de los vehículos de la comitiva de Pinochet para investigar un puente y, según el mismo informante, se habrían reencontrado con el grupo sólo después del ataque extremista.

Pese a que los informes de la CIA develan que el organismo de inteligencia habría logrado infiltrar al FPMR y recabar gran cantidad de información sobre el atentado con posterioridad a la emboscada, no se anticipa el hecho. Llama la atención que durante agosto de 1986, la CIA no desclasificó ningún documento. Sin embargo, inmediatamente después de la acción extremista el organismo de inteligencia revela un acabado conocimiento de los pasos seguidos por el FPMR en ese período.

Otro documento del 19 de noviembre revela las razones del FPMR para realizar el atentado: “El FPMR decidió llevar a cabo el ataque sólo después de concluir que Pinochet planeaba permanecer en el poder más allá de 1989. Ellos creían que existían planes del gobierno de EE.UU. de cambiar a Pinochet por otro gobierno de derecha”, señala el informe de la CIA, citando a un informante cuyo nombre está tachado.

El atentado del 7 de septiembre de 1986 no fue el único intento del FPMR para asesinar a Pinochet, según consta en los archivos desclasificados de la CIA. Los informes de ese organismo indican que el FPMR inició la planificación de un segundo intento de asesinato contra el general en noviembre de 1986 y tres años después el mismo grupo subversivo fraguó otro plan para acabar con la vida del entonces comandante en jefe del Ejército. Ninguno de estos intentos fueron conocidos por la opinión pública.

Un documento secreto de la CIA del 28 de noviembre de 1986 asegura que la cúpula del Partido Comunista (PC) había autorizado ese mismo mes al FPMR para iniciar la preparación de un segundo atentado contra el general. Aunque -según el informante del organismo de inteligencia-, los líderes del PC le habrían advertido al FPMR que darían luz verde sólo una vez que las condiciones políticas fueran consideradas apropiadas. Este intento del FPMR para asesinar nuevamente a Pinochet fue incluso planteado en un informe secreto de la embajada de EE.UU. al Departamento de Estado, despachado en enero de 1987.

“El FPMR planea un nuevo atentado contra Pinochet, quien ahora es menos vulnerable que antes debido a las medidas de seguridad adoptadas”, señala el documento, donde además se sugiere que el más probable sucesor en el gobierno sería el almirante José Toribio Merino, por ser jefe de la Junta militar.

Otro informe elaborado por la embajada en esa misma época titulado “¿Qué ocurriría si Pinochet es asesinado?” analiza los posibles escenarios en el caso de que se concrete el plan del FPMR. El documento asegura que el presidente interino intentaría llevar a cabo una transición de acuerdo a los términos de los militares, aunque sugiere que uno de los escenarios probables es que se cree un ambiente políticamente más abierto. Esto siempre “que la oposición acepte que no está en condiciones de presionar a los militares para que dejen el poder incondicionalmente”, precisa el informe.

En el documento, sin embargo, no se descarta que una muerte violenta de Pinochet genere fuertes tensiones al interior del Ejército, lo que llevaría a los militares a no entregar el poder a los civiles, extendiendo el régimen autoritario. Los documentos desclasificados no especifican las razones de porqué este segundo plan nunca se llevó a cabo, aunque dan cuenta de un tercer intento del FPMR, que debía concretarse en septiembre de 1989, casi un año después del plebiscito.

“Hemos recibido información adicional de [tachado] sobre los planes para asesinar al Presidente Pinochet, que debería llevarse a cabo entre el 5 y el 11 de septiembre”, señala el documento, sin entregar más antecedentes.

El caudal de información que despachó la oficina de la CIA en Chile sobre los grupos terroristas en los ’80 es voluminoso y revela abiertamente que sus fuentes, cuyos nombres han sido tachados, son altos miembros de los comandos. En octubre de 1986, el Departamento de Inteligencia de Defensa envió un informe basado en “un dirigente del FPMR” respecto a las acciones del grupo a corto plazo. Así se informa del objetivo de mejorar el entrenamiento, realizar actos menores de sabotaje y entregar armas a algunos líderes de las milicias.

La CIA fue capaz, además, de detectar los nexos del FPMR para su entrenamiento en el exterior. Un informe de 1986 reporta que el principal centro de entrenamiento del grupo guerrillero está en Bulgaria, en una localidad que aparece tachada, y sus gastos son financiados por los soviéticos. También informa que el alto mando del FPMR tiene su principal centro de operaciones en La Habana, recibiendo respaldo logístico de Cuba. El informe agrega que Fidel Castro le habría prometido en noviembre de 1986 a una delegación que “reemplazaría las armas capturadas en Agosto (en Carrizal bajo)” para “el levantamiento en Chile”.

En esa misma época la inteligencia norteamericana fue capaz de detectar que la propia embajada de EE.UU. se había convertido en uno de los principales blancos del FPMR. Según consta en los documentos, la participación de la embajada en los posibles acuerdos entre el régimen de Pinochet y la oposición, la habían convertido en un enemigo del grupo extremista.

El 23 de octubre de 1986, el departamento de Inteligencia de Defensa vaticinaba que “el FPMR aumentará los intentos de asesinato y secuestro a los oficiales militares chilenos y continuará en su intento de asesinar a Pinochet”.


Comentarios
  1. WENA.buena,parte de nuestra historia…..yo haria una pelicula donde SACHA quede como las weas!!

  2. Kilpatay dice:

    Alzo mi copa y brindo por estos verdaderos heroes populares

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